jueves, marzo 22

Narraciones Porteñas : Los Cines en La Punta

LOS CINES EN LA PUNTA

Lleno de aprensiones me asomo a lo que fuera en sus mejores tiempos el hall de entrada de nuestro querido cine La Punta. Con una decepción anticipada compruebo que no es Vulcano quien me observa desde la boletería sino un desconocido que, extrañado por mi presencia, interrumpe su trabajo y me dirige una inquisitiva mirada. Sí, me contesta, sé que aquí funcionaba un cine hace mucho tiempo, ya hace un chorro de años, allá atrás, añade, señalando hacia el fondo, pero lo dividieron y ahora vive gente ahí. ¿Y cuándo cerró?, me arriesgo a preguntar, algo avergonzado por mi ignorancia, o tal vez por haberme alejado de La Punta por otros horizontes y haber perdido el hilo de su peculiar e íntima historia. Pero el hombre, de aspecto tan cansado como los maderos que aun soportan el minúsculo recinto, mece la cabeza, encoge los hombros y me mira como buscando en mí la respuesta que ninguno de los dos conoce.


Ensayo una tonta disculpa a la que añado una corta despedida y me alejo, cariacontecido. Cruzo la pista y, desde la vereda del frente, me detengo a observar la construcción de madera que albergara al cine y a un sinnúmero de viviendas, muchas de ellas en el segundo piso, sobre lo que era la misma sala del cine. Para mí, está tal cual lo estaba años atrás, solamente le falta el letrero que orgulloso proclamaba, me arriesgo a decir que una buena parte del tiempo, “Cine LA PU TA”. Es que el letrero tenía la forma de una T iluminada por dentro; en la parte superior, y horizontalmente, se alojaba la palabra “Cine”, y en la parte vertical, de arriba hacia abajo, cuadrados de vidrio independientes, a uno por letra.  Y a quien diseñó semejante adminículo no se le ocurrió que volarse la letra “N” a pedradas, de las cuales había muchas a pocos pasos, al final de la calle Medina, se convertiría en un deporte local practicado con entusiasmo por los muchachos al amparo de la noche.  No siempre se tenía éxito y la letra que desaparecía hecha añicos era la “U” o la “T”, quedando el letrero como mudo galimatías de las aventuras nocturnas de algún chiquillo miope o carente de aquella destreza tan punteña de poner la piedra donde se pone el ojo.
Tendríamos que averiguar si el apedreado letrero, objeto de las ardientes críticas de las señoras del vecindario y hasta del recordado Don Leocadio Mendoza, cura y párroco por más años de los que quisiera acordarme, fue el principal argumento para que al cine se le cambiara de nombre por el de Cine Nido. Tal vez lo fue, pero los punteños, más rápido que volando, le añadimos “de pulgas”, o “de ratas”, o de “piojos”, según la experiencia sufrida en tan poblada sala. Y fue así como se le llegó a conocer entre quienes, bromas y desmanes aparte, considerábamos el local como nuestro y lo amábamos sin saberlo. Es que de jóvenes, circunstancias y eventos transcurren raudos por nuestras vidas y los dejamos pasar sin que trasciendan, hechos que luego, con más años encima, añoramos y recreamos en un intento vano de volver a épocas ya dejadas atrás, épocas que jamás volverán.
No recuerdo haber ido de la mano de mis padres al cine La Punta, tampoco sé si ellos fueran alguna vez y si lo hicieron sería en la función de noche, cuando los adultos podían gozar de la película con la calma y sosiego que nosotros secuestrábamos en la función de vermouth. Es por ello que no tengo fechas ni las quiero tener. Cuando fui capaz de ir al cine por mi cuenta, con los amigos del barrio, el cine ya estaba ahí, listo para recibirnos y Vulcano también, como parte inseparable de ese andamiaje que por arte de magia sigue aun en pie.
No eran muchos los señores que iban a la función de vermouth, de ellos me acuerdo claramente de una pareja, ya mayor, creo que de apellido Mendiola. Vivían en la misma calle del cine, en la esquina con Grau, y se venían a paso lento, entrando cinco o diez minutos antes de que empezara la proyección. Ocupaban las primeras butacas de la tercera fila, ella al borde del corredor central, él al lado, con unos pequeños prismáticos con los que se ayudaba para  leer los subtítulos y transmitírselos a su pareja. Al igual que nosotros, eran asiduos concurrentes al cine y sobrellevaban con paciencia, heroísmo dirían algunos, los desmanes y barbaridades que se perpetraban durante la función.
Local del Cine La Punta en los años 1925 – Archivo de Imágenes Callao-Currarino
He mencionado la tercera fila y creo que, para ponernos en contexto, trataré de describir el local y así les avivo el recuerdo a quienes están leyendo esta crónica. La construcción es de dos pisos, íntegramente de madera, se podría decir que al estilo de los “ranchos” que comparten la misma cuadra pero de una precariedad bastante más evidente. En una parte del primer piso se había habilitado el cine. Un portón a la calle, de dos hojas, en una de las cuales aun se puede ver una ventanilla para la venta de las entradas que jamás vimos usar. Más bien, en el pequeño hall de entrada, a la izquierda, se ubicaba la boletería, reducido cubículo desde donde Vulcano vendía las entradas, escudriñando, a no más de cinco centímetros de sus miopes ojos, las monedas o los billetes entregados para pagar las mismas. El resto del hall estaba cubierto de afiches cinematográficos, ya sea de las películas que se pensaban proyectar o de otras que jamás llegarían a nuestro balneario pero que algún distribuidor caritativo le regalaba a Vulcano. Unos peldaños y una cortina cuyo color debía haber sido noble en un pasado desconocido, separaban el hall de la sala. Ésta contaba con no más de doce filas de butacas de madera, separadas por un corredor central y entre 8 o 10 asientos a cada lado. Eso sí, casi todos ellos parcelados ya sea por grupos o por barrios, división celosamente respetada aun una vez comenzada la función. Excepto quizá, la cuarta banca del lado izquierdo, ésa no estaba muy bien fijada al piso, y si más de cinco la ocupaban se caía hacia delante provocando gran hilaridad en el resto de la concurrencia.

Medina 1925 nótese al fondo al lado izquierdo la vivienda de dos pisos donde se ubicaba en Cine La Punta

Archivo de Imágenes Callao-Curarrino


Nosotros, los del barrio del Pacífico, las dos últimas filas entrando a la derecha, y la repisa alta que adornaba la esquina y donde, de vez en cuando, subíamos al Hijo que, como su apodo lo indica, era chato y si se llenaba el cine no podía ver muy bien. Justo detrás de nosotros estaban las ventanitas, agujeros mal cortados en la pared de madera, por donde se proyectaba la película. Detrás de ellas se esforzaba el Ronco en lograr que la función procediera sin mayor traspiés, tarea titánica si se tenía en cuenta la antigüedad de los proyectores y el desgaste del celuloide para cuando llegaba a La Punta. Haciendo gala de nuestra puntería arrojábamos cuanto cayera en nuestras manos por los orificios provocando la indignación del Ronco y alguna incursión de Vulcano para llamarnos la atención. Al fondo el écran, tan añejo como las cortinas, condecorado con algunas manchas ya claramente identificadas por la concurrencia para no confundirlas con algún detalle de la película que se estuviese proyectando. Al pie del écran, un escenario de no más de cuatro metros de profundidad; a este estrado se podía acceder desde un lado como si fuese la caja de un teatro, facilidad que fuera usada para ciertas presentaciones que reseñaremos luego. La desventaja de este estrado era que la base que lo soportaba no estaba cubierta por los costados, dejando así dos entradas a esa caverna por donde se podía entrar sin pagar, ya que el fondo colindaba con un terreno baldío, y un tablón suelto en la pared de madera fungía de puerta falsa. Eventualmente algún espectador se metía debajo del estrado a relajar la vejiga regalándonos con la respectiva peste que tardaba varias funciones en desaparecer. Sucedió un día que alguien meó en la última fila y el arroyito, aprovechando la inclinación, se fue hasta la primera fila; las chicas chillaron y levantaron los pies sobre la butaca pero no se pudo ubicar al culpable o, como me consta porque el chisme vuela, a la culpable.
Es que el cine La Punta no contaba con servicios higiénicos. En sus tiempos primigenios había existido uno, en el corredor del costado, por donde se entraba a las viviendas, pero en vista de su deplorable estado había sido relegado al olvido y ya en mi generación ni se lo mencionaba. Para solventar tal deficiencia se hacía uso de lo que estuviera a la mano. Las chicas salían a buscar el baño en la casa de alguna amiga vecina, tal vez donde Rosa Ludwig, o un poquito más lejos, donde los Reyes. Nosotros, los hombres, no gozábamos de tantas comodidades y usábamos la parte posterior de la casa de los Costa, casi de continuo bañada por las olas de La Arenilla ya que el rompeolas ni soñaba con existir. Si la marea estaba baja el mar apenas molestaba y la tarea se cumplía sin mayor contratiempo, pero si la marea estaba alta y el mar algo agitado, mear era toda una aventura y existía la posibilidad de regresar al cine aliviado de la necesidad fisiológica pero bien salpicado por el agua del mar. Años después, la remodelación del cine incorporó un baño. Estaba entrando a la izquierda, en la esquina opuesta a la sala de proyectores, pero con tan mal arte que casi nunca funcionó y el aroma que despedía inhabilitaba las butacas cercanas donde nadie quería sentarse.
Creo que no fue solamente a los de nuestro barrio a quienes se les metió el virus cinematográfico y durante unos cuantos veranos concurrimos al cine diariamente, dieran lo que dieran. Ni siquiera teníamos que salir en patota, sabíamos que todo el barrio aparecería para ocupar religiosamente las butacas reservadas de antemano por la costumbre y el derecho de posesión, inigualable acomodador invisible del cine. Y la función escogida para ese rito diario era la de vermouth. La matinée la reservábamos entre semana para un cine chalaco, ya fuese el Bellavista, el Sáenz Peña o el Porteño; menos frecuentados eran el Badell y el Pacífico; éste último muy recordado en nuestros años mozos porque en él asistimos a nuestras primeras funciones de strip tease, número indispensable del espectáculo que traía todos los jueves a dicho cine la famosa compañía de las Bim Bam Bum.

Vista aérea de la Punta para el lado de la Arenilla – Archivo de Imágenes Callao-Curarrino
Ya he mencionado que en La Punta veíamos lo que dieran, en cambio para las matinés del  Callao nos dábamos el lujo de escoger aunque las opciones no fueran muchas. Desechábamos las películas mejicanas o argentinas, casi siempre presentes en la cartelera chalaca, favoreciendo las de guerra, las cowboys o también las de misterio y terror. Sin embargo nuestras favoritas eran las comedias italianas, de ésas que nacieron con el neorrealismo, películas que nos regalaban con una mezcla imbatible de humor y de mujeres de curvas y proporciones despampanantes. Cine que hasta hoy en día añoro con protagonistas del calibre de Totó, los hermanos Carotenuto, Vittorio Gassman, Renato Salvatori, Marcello Mastroianni y actrices como Silvana Mangano, Sofía Loren, Gina Lollobrigida, Claudia Cardinale y tantas otras más. He tratado de encontrar en nuestros emporios bamba muchas de las películas italianas que vimos en nuestra adolescencia con muy poca suerte. Regresábamos a La Punta, ya sea en el tranvía o en algún colectivo de la línea La Punta – Santa Marina, comentando a gritos la película, pasábamos por casa para empacar algo que calmara el hambre hasta la hora de la comida, y salíamos disparados a la función de vermouth en nuestro querido cine La Punta. En esos veranos el ritual se repetía una y otra vez hasta que, con despiadada rigurosidad, comenzaban las clases el primer día útil de Abril.
En invierno la rutina era diferente. Los domingos nos escapábamos a la matinée en algún cine de Lima, no muy lejos de la ruta del tranvía, de preferencia el Metro en la Plaza San Martín o el Tacna en la avenida del mismo nombre. La primera vez que me dejaron ir sólo con mis amigos del barrio a un cine en Lima fue para ver “El enigma de otro mundo” en el Tacna, era una película de ciencia ficción y terror,  y aun hoy en día se pasa como un clásico por la televisión. Esa costumbre dominical la adquirimos desde muy pequeños, antes de que nos diera la ventolera del cine diario, y la mantuvimos hasta muy mayorcitos, cuando la recién estrenada avenida La Marina y el auto del papá nos permitían acceder fácilmente a los cines de San Isidro o Miraflores. Esta por demás decir que en esos domingos invernales la vermouth en el cine La Punta era de rigor, en los otros días de la semana raramente frecuentábamos el cine, salvo los miércoles, porque en ese día se pasaba la serial.
Es que no asistir a la serial hubiese sido peor que cometer un pecado mortal. La serial duraba tres semanas y constaba de doce capítulos, en el primer miércoles se pasaban los seis primeros y luego tres en cada uno de los miércoles siguientes. Como éstos no tomaban más de 45 minutos, se proyectaba antes una cowboy corta. Cada capítulo de la serial terminaba en una situación de inminente peligro: ya fuese la captura o muerte del héroe o de su bella amada pero, invariablemente, al iniciarse el capítulo siguiente, se repasaban los últimos segundos del capítulo anterior, apreciándose cómo el ingenio y destreza de los protagonistas los libraba de tan difícil predicamento. Y así salían airosos y continuaban con la trama hasta el siguiente capítulo. Creo que para la época de nuestra fiebre por el cine ya habíamos pasado con largueza la edad de sorprendernos ante tan terribles amenazas y más bien cada situación era recibida con risas y burlas o con gritos de terror e histeria simulada; lo que fuese, con tal de divertirnos y pasar un buen rato.
Las seriales cubrían una amplia gama de héroes y villanos de esos días. Ahí estaban las cowboys del Llanero Solitario y del Durango Kit, u otras por el estilo como las del Zorro. No faltaron las fantásticas como la del Capitán Marvel o detectivescas con Dick Tracy. Pero las que más nos atraían eran las de terror como “Sombras del barrio chino” con Bela Lugosi y las del espacio como “Zombies de la estratosfera”, creo que con el debut de Leonard Nimoy. Mención especial debo hacer a las de Flash Gordon, ya que en uno de sus viajes al planeta Mongo, regido por su archienemigo Ming, se encuentra con un carácter llamado Vulcano cuyos ojos parecen una máscara de natación; la similitud era evidente y ahí nació el mote de nuestro querido administrador.
En los intermedios de los días de serial se llevaba a cabo el sorteo de entradas gratis para la siguiente semana. Subía Vulcano al estrado y, entre una lluvia de aplausos y pedidos para que bailara  o cantara una canción, procedía a extraer de una lata, que para la ocasión fungía de ánfora, el papelito con el número ganador. Tarea sencilla comparada con la de leer dicho número, para lo cual Vulcano acercaba el papelito hasta sus narices, lo pegaba a los conchos de botella que trataban con esfuerzo vano de corregir su extremada miopía y luego de un momento de tensión, que respetábamos con nuestro silencio, proclamaba al ganador. Los aplausos y los vítores volvían a inundar el cinema, pero no eran para quien se hubiera hecho merecedor del premio, sino para nuestro Vulcano, por su brillante actuación. Creo que con el tiempo Vulcano se cansó de dicho rol y se lo dejó al Ronco o a un ayudante que andaba por ahí, un muchacho cuyo nombre se me ha olvidado.
Fueron también, durante algunos de dichos intermedios, que vimos subir al paupérrimo escenario de nuestro cine a uno que otro conjunto musical y tuvimos que soportar los desentonados gargajos con que pretendían conquistarnos. Los cantantes de boleros eran los más frecuentes, aunque no faltaron los conjuntos de música criolla o mejicana. Cosechaban magros aplausos y aun una más pobre recaudación en el sombrero que pasaban entre el público, monedas que apenas les valdrían para costear el pasaje de regreso en el tranvía. Los veo en el recuerdo y trato de recrear cómo serían de humildes sus ropas, de viejas sus guitarras, de agotadas sus voces, aspectos que en ese entonces ni percibíamos, preocupados tan sólo en nuestra propia diversión.
En esas épocas los intermedios existían y tenían su propia personalidad. Una vez finalizado el noticiero y los trailers de las películas a ser estrenadas, y algunas veces algún corto de dibujos animados, se proyectaba un slide que anunciaba pomposamente: “Cinco minutos de intermedio”. En realidad su duración dependía de cuántos avisos, de esos dibujados sobre un vidrio, se hubiesen contratado o, en cines de mayor nivel que el nuestro, de cómo iba en el hall la venta de helados, chocolates u otras golosinas. Claro que en nuestro hall no se vendía nada pero, en cambio, hacía su entrada el gordo Hilario, con su bandeja D’Onofrio bien provista de golosinas y cigarrillos que se vendían de a unidad, a pesar de que lo primero que se anunciaba en el intermedio era la prohibición municipal de fumar en la sala, anuncio que parece aleccionaba a los asistentes a llenarse los pulmones de tabaco. Creo que fue en el cine La Punta donde fumé mi primer cigarrillo, un espantoso Nacional Presidente, pucho ovalado de tabaco negro ligeramente mejor que un Inca, y por lo mismo algo más caro. De lo que sí estoy seguro es que fue ahí donde me llevé a los labios por primera vez en mi vida un cigarrillo de tabaco rubio adquirido con mi propio dinero y, si mal no recuerdo, comprado donde el chino Carlos. Era  indispensable subir ese peldaño en la calidad si es que durante la función pretendía acercarme a menos de un metro de ella.
Es que ese día, después de haberme fumado el LM, y con el arrojo que sólo el amor puede infundir, abandoné a los amigos del barrio para ir a sentarme, cinco filas más adelante, justo detrás de quien me quitaba el sueño. Mi acto tuvo su recompensa, ella pasó la mano hacia atrás y yo la acurruqué entre las mías, ajeno a lo que se proyectaba, ajeno a los amigos, feliz en la oscura complicidad de la sala. Pero la calma duró muy poco. Al rato, cuando me aproximaba a ella y ya estaba por enredar mi cara entre sus cabellos, los patas del barrio armaron el esperado escándalo: oye ¡déjala en paz!, ¡qué le estás haciendo!, ¡no seas abusivo con la chiquita!, ¡le voy a contar a su papá!, y no sé que tantas barbaridades más. Sentí su mano enfriarse, ponerse rígida, pretender escabullirse, pero unos gritos y puyas no me iban a amedrentar y no la dejé ir. Habían pasado unas dos semanas desde que, sentado en el murito de la casa de las Trizano, la viera pasar en su bicicleta acompañada de otras chicas y decidiera quedarme ahí clavado hasta que ella regresara, inevitablemente quienes se paseaban por el Cantolao tenían que regresar por el mismo lugar. Y así fue que la ví pasar nuevamente y me enamoré por primera vez en mi vida, y a lo bestia, como se enamora uno a los catorce años de una mujercita que apenas había cumplido los doce. A los pocos días le hacía la escolta en mi propia bicicleta, pero no eran las cosas tan fáciles como lo son ahora y no había logrado intimidad alguna. Además, entre las cuadras tres y cuatro tenía que alejarme a una distancia prudencial para que su padre, si es que estaba cerca de su casa, no albergara sospecha y suspendiera los paseos. Creo que no se atrevió a darme el sí por temor al ogro de su viejo y me prohibió llamarla por teléfono, no la fueran a castigar. Claro que yo tenía el número y también una foto suya, tamaño carnet, con uniforme escolar, sustraída a la mala de los archivos del Colegio San Martín de la calle Fanning, cortesía de un amigo, sobrino de la directora. A pesar de contar con tan valioso trofeo apenas había cruzado palabra con ella, pero sus ojos y su sonrisa me habían expresado lo que yo quería saber y eso me bastaba para esperarla con ansiedad todas las tardes. Ahora, en el cine, con su mano entre las mías, yo estaba en la gloria y me cagaba en los patas del barrio. Envalentonado, retuve su mano hasta que se le adormeció el brazo por tenerlo en posición tan incómoda y la tuve que soltar, preocupadísimo por haberle hecho daño. Ya por finalizar la película volví a mi lugar, ni que decir que me recibieron a coscorrones jodiéndome con mil bromas y pendejadas, tal vez cargadas con un dejo de envidia y también con un sabor de complicidad, ya era otro, ya tenía hembrita.
Y es que así era el cine La Punta, tan pequeño, tan íntimo, que era imposible que algo sucediera en él que no fuese conocido de inmediato por todos los asistentes y luego comentado por todo el balneario. Y de esta peculiaridad, tan propia de pueblo chico, se aprovecharon los muchachos del club Independiente para presentar lo que, creo yo, sería la más espectacular y exitosa función en vivo que se diera jamás en nuestro cine. El “local” del mentado club era la esquina de Bolognesi y García y García, específicamente las barandas de la casa de las del Pino, siempre cerca de la panadería, que por esos años era más pequeña pero aun así contaba con un par de mesitas donde se podía comer una empanada acompañada de una cervecita o mulita de pisco. Yo era un chibolo pero, como vivía a media cuadra, los recuerdo hueveando por los alrededores. Uno de ellos, Victor Tirado, me ha ayudado a refrescar la memoria. Ahí estaban los Arteaga: Jua Jua y Chiqui, Richard Mayochi, Johny Torres Higueras, Angel Takeda, los hermanos Daneri: Fernando y Pepe, César Flores, Rafael Mesías, Héctor Laca, el brujo Bogdanovich y el Loco Cano, legendario para nosotros, los chiquillos que andábamos por la cuadra cinco de Bolognesi, porque se hizo marino mercante y cuando andaba en tierra nos adornaba las noches narrando con términos marineros sus aventuras por los siete mares, incluyendo la vez en que, muy borracho y bandera rojiblanca en la mano, tomara la plaza principal de Guayaquil en nombre del Perú.
Resulta que a los integrantes del Independiente se les ocurrió poner un espectáculo en vivo. El objetivo era tomarle el pelo y burlarse de medio mundo, repartiéndose el espectáculo entre los números musicales y los cómicos.  Todos los personajes, hombres y mujeres, fueron representados por los muchachos del barrio. Por supuesto que los chismes, triángulos amorosos, “caídas” rechazadas y otras públicas intimidades de la vida punteña fueron los temas que dieron sustancia al espectáculo. Y así no faltó una virulenta elección de Miss Perú, desfilando entre “otras” Babalú Ayé, Betty la Gorda y Soy la Leona, no otras que la hermanas de la Borda: Bebelú y Betty y nuestra querida Zoyla Lyons, quien estaba entre los asistentes y se rió y aplaudió a rabiar. Los punteños se arrancharon las entradas y ni siquiera los mayores se quedaron en casa. Es que todos querían saber a quién estaban imitando, de quién burlando. No recuerdo bien pero me parece que se dieron dos funciones a sala llena en cada uno de los dos años en que se presentó el show. Mención aparte merece la presentación del espectáculo a cargo de Vulcano. Lo estoy viendo, subido en el estrado, peleándose con la luz de un reflector que le daba en plena cara. Con ese reflejo en sus gruesos lentes le era imposible leer el discurso que le habían preparado para la ocasión, trataba entonces de que la luz diera de frente en el papel y para ello daba la espalda al público, craso error que provocaba la evidente reacción de la concurrencia. Vulcano malcriado, no se da la espalda, y demás por el estilo. Nunca pudo terminar de leer el texto pero igual lo aplaudimos con entusiasmo y fervor.
Pero no sólo esas noches fueron de jaleo y vicio en el cine, en realidad cualquier incidente era motivo para armar un buen desbarajuste. La más común de las ocasiones era cuando el proyector se detenía pero no se apagaba el arco del mismo quemando el film que tenía delante, nosotros veíamos la quemazón proyectándose en el écran, un agujero incandescente que devoraba el film ante nuestros ojos. La rechifla no se hacía esperar y en medio de la batahola salían disparados todo tipo de proyectiles contra el écran. Calmados los ánimos y hecha la reparación, la película continuaba, ya cercenada con algunos centímetros de menos. Y si hablamos de cortes debemos hablar también de los cambios de cintas. Una película completa venía en cinco o seis rollos, cuando éstos llegaban a La Punta después de haber sido proyectadas innumerables veces, el manipuleo había reducido los extremos de cada rollo, por lo que se producía un verdadero bache en la trama del film con cada cambio de rollo. Nosotros sabíamos cuando se venía la interrupción porque la película se empezaba a ver muy mal, toda llena de ralladuras y el sonido tendía a perderse. Las quejas y pifias abundaban, aunque dependían del estado de ánimo en que estuviéramos; era tan frecuente el problema que a veces con un ¡ya pues Vulcano, no traigas películas del siglo pasado!, se superaba el incidente y a esperar que el cambio del siguiente rollo saliera mejor. Claro que no faltaron los exaltados que se bajaban un pedazo de butaca y la aventaban al écran, y fue La Manrry quien le clavó un madero en la cabeza a uno de los enemigos de Flash Gordon justo cuando éste iba a emboscarlo.  
Eso sí, nunca tuvimos el problema de otros cines de mejor reputación, donde a veces el motociclista con el rollo siguiente no llegaba y se interrumpía la proyección momentáneamente; para cuando una película aterrizaba en el Cine La Punta, ya nadie más la proyectaba y todos los rollos llegaban juntos. Más bien sí sucedió que faltara uno de los rollos y El Ronco no se diera cuenta, produciéndose un verdadero abismo en la trama y provocando tal protesta que Vulcano tuvo que subir al escenario a pedir disculpas y ofrecer devolver el dinero o dar un vale para entrar gratis otro día. Pocos aceptaban la compensación y la mayoría se quedaba a ver la película y a imaginar, cada cual por su cuenta, el pedazo que nos habíamos perdido. Después de todo así funcionaba nuestro cine y siempre fuimos tolerantes con sus peculiaridades. Baste recordar cómo, cuando don Carlos Amézaga era el dueño del cine, sucedió que el último rollo de El Capitán Blood, ésa con Errol Flyn, no estaba por ninguna parte y, ante la persistente protesta del respetable, el mismo propietario subió al estrado y se ofreció a contar el final, pues él ya había visto la película.
Interrupciones aparte, no eran nada comparadas con el error del Ronco la noche en que vimos a un difunto, asesinado diez minutos antes, de lo más campante tomándose un trago con su asesino. Resulta que se había saltado un rollo y como no hubo protesta puso el faltante después. Esa noche si que se armó Troya y por las ventanillas de proyección le cayó de todo al despistado o soñoliento encargado. El respetable exigió que luego del rollo que se estaba proyectando se volviese a pasar el que seguía, resultando que esa noche vimos el mismo asesinato dos veces. Pensándolo bien no fue aquella la única ocasión, volvió a suceder pero en la proyección de una serial produciéndose una confusión espantosa de capítulos.
Aparte de las incidencias con el mismo film eran otra clase de desaguisados los que provocaban el caos en la sala y en muchas ocasiones forzaban a interrumpir la proyección hasta que los ánimos se calmasen. Hechos como el que una rata despistada decidiera efectuar su paseo vespertino en plena función y fuera descubierta por alguna de las chicas. Fue tal el escándalo que los aullidos se escucharon hasta en el Cantolao. Se iniciaron con los gritos de quien había visto al animal, se sumaron a ella los de las otras chicas y siguieron con los nuestros, imitándolas exageradamente, burlándose, anunciando más ratas, un mar de ratas, hasta que algunos espectadores abandonaron la sala a la espera de que se restableciera el orden y no quedaran trazos del ya espantado roedor.
Las fiestas traían también su cola. Si se estaba cerca de los carnavales se introducían clandestinamente globos de agua, torpedos de talco, o unas cuantas “matacholas” bien llenas de harina. En plena función, y en el momento más interesante, cuando todos estaban ensimismados por lo que se desarrollaba en la pantalla, volaban los proyectiles y aterrizaban las “matacholas” sobre no muy inocentes cabecitas, porque las chicas de La Punta, en eso de jugar carnavales no se quedaban atrás y respondían con arrojo y valor, produciéndose verdaderas batallas campales que sólo acababan cuando entraba Vulcano con el tombo de guardia para calmar ánimos y llevarse a alguno de nosotros a la comisaría. También era costumbre, y para no desentonar con la temporada, reventar una sarta de cuetones en plena función para las navidades o el año nuevo. Pero lo que sí exigía la interrupción de la película y la evacuación de los espectadores era cuando se reventaban bombitas apestosas. En un cine de ese tamaño con una hubiese bastado para saturar el ambiente con tan desagradable hedor, pero no, teníamos que hacerlo en forma, y hubo ocasión en que fueron tres y hasta cuatro las que provocaron la suspensión de la función hasta por media hora, con el repudio de quienes aun acudían al cine tan sólo para ver una película en paz.
Hasta que un día se abrió otro cine en La Punta. Se llamaba “Majestic” y no tenía nada que ver con nuestra pequeña ratonera. Estaba al comienzo de la avenida Grau, en pleno Malecón, y el local se traía una historia de rancio abolengo. En sus mejores épocas se había llamado Rivera Palace, un salón de fiestas y banquetes y de fastuosos bailes de carnaval donde alguna vez asistiera el presidente Leguía. Amplia sala de techos altos y esbeltas columnas que ahora enmarcaban al menos a treinta filas de butacas. Eso sí, a diferencia de nuestro viejo cine, el piso era plano y de losetas, lo cual lo hacía frío, algo inhóspito y de muy pobre acústica. Los dueños, administradores, y hacelotodo, eran los cuatro miembros de la familia Rosenberg, el papá siempre rondando el hall de entrada, la mamá en la boletería, Ruthi controlando el ingreso y el hermano mayor a cargo de la proyección. Eran todos bajitos y algo regordetes, Ruthi también, pero rubia y simpaticona, y no faltaron muchachos, incluidos algunos del barrio, que trataron de caerle, con el aliciente, quizá sólo en nuestra imaginación, de que el amor vendría con entrada gratis.
Cine Majestic 1950, Archivo de Imágenes Callao - Currarino
El primer verano con dos cines nos planteó el problema de tener que decidir a cuál ir. No queríamos abandonar a Vulcano, sonaría a traición, pero la novedad nos ganaba, y también la oferta. El Majestic no tenía inconveniente en ofrecer películas de mayores con un contenido algo más audaz de lo que estábamos acostumbrados a ver. En un cine de Lima, películas clasificadas para mayores de 21 años estaban fuera de nuestro alcance, en La Punta el control municipal era nominal y para nosotros, que entrábamos a la adolescencia a todo galope, ello representaba una ventaja que aprovechamos sin chistar. Recuerdo la expectativa cuando anunciaron “Deshojando la margarita” con la mamacita de la Brigitte Bardot; andábamos en ascuas y creo que ni dormíamos esperando el día de la proyección. Y el día esperado llegó y fuimos en tropel al cine, no me arriesgo si afirmo que todo títere con cabeza estaba en la cola desesperado por entrar. Una vez comenzada la función, y cuando esa maravilla de mujer iba a desnudarse ante nuestros ojos, se escucharon voces airadas exigiendo que se detuviera el film, voces de señoras, voces de mamás, y entre ellas, cuando no, la de mi madre. Sin piedad por nuestra reputación, se echaron a buscar en la oscuridad a sus desvergonzados y pecadores hijos. Fuimos varios quienes tuvimos que abandonar el cine, rojos de cólera, avergonzados, jurando suicidarnos o abandonar nuestra casa paterna por siempre jamás. Por mucho tiempo tuvimos que cargar con el estigma, éramos los chiquillos cuyas madres dominaban mientras que aquellos que se quedaron ganaron en prestigio y se gozaron solitos a la Brigitte calatita. Cosas de la vida, cosas de la época. Hoy en día podrían dar el mismo film en el horario infantil de la televisión sin que una madre levante siquiera una ceja.
Y un día, cuando menos lo esperábamos, el cine La Punta cerró por remodelación. Se dijo que las autoridades le habían puesto un ultimátum por no tener servicios higiénicos, pero otros se inclinaron por la teoría de que la competencia le había mellado y querían presentar una nueva cara. Lo reabrieron bajo el nombre de Cine Nido  y sí que le habían hecho algunos cambios. Contaba ahora con un único baño, unisex diríamos hoy, que muy pronto se malogró, pero lo principal fue que se habían volado las cuatro columnas que soportaban el techo. Estas columnas enmarcaban el amplio corredor central con las filas de butacas a cada lado; ahora ya no había corredor, todo estaba lleno de butacas e imagino que para no obstaculizar la visión se tiraron las columnas. Craso error que a la larga acabó con nuestro cine. A los ocupantes del segundo piso les gustaba mucho organizar fiestas, en esas ocasiones era imposible escuchar la película y la gente se salía del cine. El techo, siendo de madera, no sólo dejaba pasar el escándalo sino que crujía amenazante. Una vez eliminadas las columnas la situación se tornó crítica, tanto que las mismas autoridades tuvieron que intervenir y el cine se clausuró para siempre, cerrándose así una etapa de nuestra historia.
Primer Cine en La Punta, ubicado en la Av Grau cuadra 2,  Archivo de imágenes Callao - Currarino
No sé bien cuándo le tocó el turno al Majestic. Ya no estaba yo por La Punta, había partido como muchos otros, a seguir viviendo nuestro balneario a través de recuerdos, añorando tiempos que fueron, lugares donde dejamos una partecita de nuestra vida, y recordando a aquellos protagonistas de la historia de los cines, los Rosenberg en el Majestic y por sobre todo nuestro entrañable Vulcano, administrador, boletero, maestro de ceremonias y tantas cosas más del cine La Punta.


Alejandro Estrada Mesinas

La Punta, Diciembre del 2007
 
 


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