sábado, febrero 25

Narraciones Porteñas - La Pipa de Augusto


Escoge, indicome mi Maestro Augusto en una ocasión que fui a visitarlo. ¡Escoge, Pupo!, me reiteró la exhortación señalándome con la mano derecha un grupo de pipas que ya ordenadas se alineaban sobre la mesa, las que limpiaba cuando llegué, concentrándolo, absorbiendo su atención. Las había largas y cortas, delgadas y espigadas, frágiles, así como también de complexión gruesa, recias, compactas, robustas, con la variedad que hallamos en los cuerpos humanos que discurren cada día y con los que nos cruzamos, casual, inadvertidamente por las calles.
La heterogeneidad cromática era como la de las formas, y las había oscuras y negras, pero, sobre todo en gama de marrones, abermejadas y castañas. En cuanto a su material constitutivo, no faltaban las de espuma de mar, las de maíz, cerezo o porcelana, pero opté por una de brezo mediterráneo quizás porque él, Augusto, la había comprado durante su estadía de estudios de bel canto en Italia, cuando siendo joven de 26 años el Gobierno del Perú le otorgó una beca que después quedó como la Sinfonía en Si menor de Franz Schubert: inconclusa, por interrupción de pagos.
¡Quiero ésta!, le dije resolutivamente, separándome una generosa, de hornillo rojizo opaco, poliédrica de siete lados, de cavidad pecaminosa, renegrida de tanto proporcionar placer,...¡Quiero ésta!
Sí, ésta es excelente para la lectura,... ¡que te acompañe siempre!
¡Así sea!, le respondí, agradeciéndole su desprendimiento.
Su abolengo era un tanto difuso. En el trozo del canuto limítrofe al brasero, muy cerca de la unión con la cánula, aparecían signos como si fueran de los de un palimpsesto. Era tarea para criptólogo descifrarlos. Pero yo no lo soy. Eso sí: como todo lo he relacionado con el mar y la mar (me autoconsidero paleólogo de lenguas oceánicas), digamos de ella que tenía una eslora de 21 centímetros sumada por su boquilla, arqueada cánula y cazoleta, siendo la manga del receptáculo su séptima parte, con las solemnes proporciones de las figuras humanas de El Greco. Permitía capítulos de media hora en navegaciones de pocos nudos.
Con mi pipa me iba a Cantolao y echado sobre las piedras humeaba como los barcos que se ven venir desde la lontananza o se pierden en ella. La cotejaba con el faro erigido en el extremo norte de la Isla San Lorenzo. Con mi pipa, ya egresado de las aulas sanjosecianas, me sentaba sobre el muro fresco, macizo, de la Plazuela Independencia, ésa del frente de mi colegio y de las murallas y foso del Real Felipe -solaz de lagartijas, roedores, alacranes y demás sabandijas retozantes, jubilosos-, a tiro de ballesta del Cañón del Pato, polo gravitatorio de himeneicos, téticos y póticos goces; sintiendo el rumor de las aguas de la verde fuente, bajo las sombras floripóndicas de trompetudas flores que añadían aroma a la de la picadura de hebras de mi sahumerio portátil.
Plazuela Independencia con vista hacia la Calle Cañón del Pato, (lado izquierdo) en los 1930
Pipa trotamundos la mía; me acompañó a las regiones aquilonianas del Planeta donde conocimos nuevos rostros. Su pañol y santabárbara despedían emanaciones grisáceas que cobraban luminosidad en palabras o en trazos pigmentados. Exhalaron ideas que hacian evocaciones del aíre transformándolas en imágenes visibles, fascinantes, atrayentes y seductoras. Un día se la obsequié a mi amigo Paul Saare, artista pintor, confiándole su prosapia mediterránea y su biografía europea y americana, chalaca, punteña: ¡La llevaré siempre!, me dijo, y así lo hizo.
Se abre una exposición de cachimbas, boquillas y de cuantos artilugios se inventaran los terrícolas para acecinarse, y asesinarse hollinándose y tiznándose gargantas y pulmones. La muestra es en el Museo del Pueblo Estonio, en Tartu. Cuán inagotable revélase el ingenio humano. Las hay hechas de raíces, troncos, ramas y leños también de árboles nórdicos, para filósofos solitarios. Pipas ciclópeas a modo de narguiles, para dos o varios fumadores arracimados, aglutinados, aglomerados, conglomerados, apelotonados para la promoción fraternal de los moradores de un caserío o aldehuela vironios. Y en una de las muchas vitrinas de todas las épocas y edades encuentro las de la colección de Paul, entre las que distingo la pipa de Augusto.
El tiempo transcurre y lo que fue ya no es, no obstante aquéllo de Lo que fue, eso será; lo que se hizo, eso se hará, porque nada nuevo hay bajo el Sol. En un amanecer hiperbóreo, ululante, gruñidor y gélido de noviembre, de blanda nieve y duro hielo, transita Paul para conocerse con Augusto en el mundo ignoto e inexplorado que nos espera a todos, donde seguramente conversarían de pipas y de armonías. Al darle el pésame a la viuda me pide que cuando haya oportunidad me acerque a verla. Semanas después aparezco por su casa y me recibe.
Me enseña el taller y los cuadros que el difunto pintó en vida. Me muestra los enseres, útiles y bártulos del artista ausente, sus pertenencias de creador entre las que aparece la pipa de Augusto: Yo sé que ésta se la obsequiaste tú, y que primero fue propiedad de tu Maestro,... Te la devuelvo para que te recuerde a ambos,... ¡Que te acompañe siempre!
Así será,...¡Amén!, respondí.

Ricardo E. Mateo Durand
(El Callao - 1945)
Día Patronal del Colegio San José de los Hnos. Maristas del Callao
Viernes 19 de marzo de 2010
Tartu
Estonia

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Narraciones Porteñas - Pajaricidio



Era un espectáculo verlos. Iban en fila india, los dos, padre e hijo, uno a continuación de otro, el progenitor escoltando al vástago. El descendiente detrás del procreador, marchando, marcando el paso como llevando ritmo impuesto por banda imaginaria. Pasaban los domingos, temprano, percutiendo tacones y suelas chancabuqueros contra las desiguales y desniveladas veredas de la Plazuela de Paita-Libertad. Eran dos elevadas figuras a modo de naves desarboladas. Dos prominentes siluetas desgalichadas, flacas, calanconas, zancudas, enjutas, entecas y canijas. Así como es el padre es el hijo. De raza le viene al galgo serlo. No de padres cojos hijos bailarines sino de tal palo tal astilla. El padre era la viva imagen de don Alonso Quijano. Chalaquizado caballero de la Tristísima Figura, sólo faltábale la armadura y Rocinante. Natural no de la tórrida meseta castellana sino de tierras más sureñas, serbocroatas. Realizó su paternidad en una Dulcinea de nuestra ciudad natal.
Calles Libertad y Paita, con el frontis del chino de las tres puertas, 1963
Viéndolos creeríase que se encaminaban a misa de la Santa Rosa, cuando todavía ésta no había sido cercenada para dar libre tránsito a la prolongación de la Avenida 2 de Mayo, que en uno y otro extremo, en su centro y en su recorrido entero, por la hipotenusa destruyó al antiguo Callao. Las escopetas de doble cañón que portaban sobre la espalda denunciaban misteriosa incógnita: ¿Irían, acaso, a dispararle al Espíritu Santo? Con certero plomo entre ceja y ceja ambos hubieran sido capaces de tumbarse al Ave María. Las crónicas de la época, no obstante, establecieron fehaciente e irrefutablemente que sus desvelos se circunscribían no a heréticos ni blasfemos propósitos teocidas sino a la mera y simple caza de kukulíes y palominos porteños. La Celestial Torcaza podía descansar en paz.
Iglesia Santa Rosa en el Jr Colón, 1959
Las luces del crepúsculo eran señal de retorno, con sus cananas de occisas aves colgándoles de los hombros y cintura. Cabezas y picos movíanse al unísono, inanimados, al compás de su luctuosa marcha. Santarositas, gorriones, zuritas, alguno que otro vampiro o murciélago insomnes, y demás pardales huían despavoridos a su paso. Pasábanse unos a otros la voz aterrados. Los conocían las palomas del barrio, propiedad de don Humberto. Aligerábanse mientras tanto éstas desde las alturas por cotidiano y perenne diluvio defecatorio sobre los hombres de buena voluntad. Volaban evacuando el chaparrón excrementicio sobre transeúntes y calzadas.
El hijo y yo éramos amigos, siempre lo fuimos. Invitóme cierta vez a que lo acompañara a una cacería sabatina, de exclusiva práctica balinesca, adonde nadie más asistiría. Fui a buscarlo a su casa, en Constitución, entre Bolivia y Paraguay, que era donde funcionaba también la remenduría paterna. Don Nicolás fue diestrísimo con el diablo y la chaveta, con la lezna y el punzón, con hormas y guindaletas, como zapatero de oficio que era. Su insuperable habilidad manifestábase cuando con torrencial labia, al son de golpes martillescos a modo de metrónomo, farfullaba en castellano primitivo, atenazando entre los labios docenas de estaquillas y tachuelas. Padecía de incontinencia verbal.
Zapatero en las viejas Calles del Callao, en los 1956
Remontamos Manco Capac siguiendo la línea férrea, hasta la altura del Templo Faro donde quedaban depósitos de granos, cuyo guardián nos franqueó la entrada.
Calle Manco Capac, en los 1920
El galpón era amplio, vasto, que ocupaba manzana completa. Estaba tapiado y sólo en parte techado por calaminas. Por doquier alzábanse dunas de trigo hacia donde los plumíferos volátiles de los alrededores solían ir a posarse para rellenar el buche y decolar pesadamente aleteando con la molleja lastrada.
Pasaje Garibaldi, al final de la hoy Av Dos de Mayo en los 1955
Mi amigo y yo tomamos posiciones y nos pusimos a la espera de bandadas que, pensábamos nosotros, estarían ansiosas por poner a prueba destreza en el cabreo y esquive de su escopetil pericia. Para variar, nuestra conversación versó sobre armas de fuego, dándome él clase práctica de cómo se desmonta y móntase trabucos como el suyo; de cómo se reemplean los cartuchos ya usados luego de la primera descarga con tan sólo meterles pólvora, perdigones y taco de remate. Fisgamos y reconocimos el alma estriada de ambos canutos.
Se sucedieron los minutos. Quizás transcurrió más de una hora que nosotros utilizamos para nuestro parloteo, cuando desde la rama de un árbol germinó gorjeo que nos sedujo. ¡Qué murmullo!, ¡Qué cadenciosos acordes y arpegios brotando de garganta tan privilegiada! Tan fascinante melodía podía parangonarse con el discurrir de cristalinos fluídos, surtidos de manantiales y hontanares perdidos entre espesos y musgosos follajes. El canto tomó poder, intensificóse al grado de arrebatarnos la consciencia, embelesándonos durante fracción de tiempo que nos suspendió obnubilándonos el raciocinio. Automáticamente alcé el brazo y le señalé al cantautor solista, cuando mi amigo, de manera simultánea aupó el arma que escupió malhadada bola plúmbea.
La detonación resonó en los rincones más apartados del espacioso canchón, y cuando ésta húbose esfumado caímos en la cuenta que también enmudecieron la alegría y felicidad hechas música.
¡La matamos!, exclamamos unánimes,... ¡La matamos! ¡Hemos matado al ave!, dijimos a la vez que levantándonos a la carrera fuimos al lugar donde el cuerpecito se desplomó. En el suelo, sobre la yerba y la paja, sobre granitos de trigo disperso, encima de los rastrojos yacía el pajarito con el pecho perforado.
Han pasado desde entonces muchos, muchísimos años, los que van desde el arranque de mi adolescencia hasta los actuales de mi edad provecta, y cuando veo un cazador o una escopeta; cuando me extasía la armonía de un canto brotado de la Naturaleza, prodigio concebido por Ella; cuando me alucina el susurro y rumor de la brisa entre los abetos, los pinos, los robles y los abedules nórdicos; cuando gozo viendo cruzar aves el firmamento, sin importarme su color,  sean cuervos graznando –para mí maravillosos- o gaviotas; cuando en las noches levanto los ojos y en la bóveda hiperbólica veo las luminarias cósmicas, me persiguen la imagen y la canción del desdichado alado cuya portentosa voz en un instante irreflexivo aniquilamos para siempre.
Ricardo E. Mateo Durand
Tartu
Estonia


Fuente de Imágenes:
Archivo de Imágenes CURRARINO






Narraciones Porteñas - El Gringo Peluquete

EL GRINGO PELUQUETE

Peluquete, llamado así familiarmente de cariño, era un excelente muchacho llegado al mundo en el cogollo del Callao, donde creció y se hizo hombre. Alto, simpático, rosado y de sana complexión, formalote y laborioso, era la viva imagen de atildamiento y compostura personales a la vez que antítesis y absoluto contraste de lo desharrapado, astroso, desastrado, andrajoso y harapiento de nuestro Planeta.
Todos los días, los zapatos bien lustrados, pulcro y purificado por dentro y fuera, con impecable raya en los pantalones, producto de desvelos maternos - su protectora mamá teníalo siempre como un anís-, con la puntualidad de tren inglés salía de su domicilio para encaminarse a su centro laboral, que por entonces quedaba en la esquina de la Calle Lima y Salaverry, institución que se encargaba de gestiones similares a las del apostol y evangelista San Mateo antes de entrar al servicio del Salvador.
Jiron Salaverry con Calle Lima 1920
Cumplidas Peluquete las anualidades que Moisés deambuló por el desierto con su pueblo luego que hubo salido de Egipto, cuarenta ni más ni menos, habiéndose quizás agotado o quedado escuálida la hucha de impuestos y recaudaciones estatales, o considerando su chalaca vida como libro ya leído y con urgencia de inmediato reemplazo, solicitó visa turística, embaló bártulos y motu proprio fue con ellos a residenciarse a orillas del Potomac. Eran épocas estupendas en que con simple permiso turístico cualquierita podía cumplir sus dorados sueños de cobrar sueldos en verdes billetes, color follaje y esperanza, como eran los robustos dólares de aquellos dichosos y bienaventurados tiempos. A juzgar por las complicaciones legales y las pellejerías actuales, desde entonces a la fecha manifiestamente la existencia se ha embrollado y oscurecido.
No había aún transcurrido el primer bienio de voluntario éxodo en la Tierra Prometida cuando Peluquete, sin duda movido por la nostalgia hacia el terruño, con su buen fajo de dólares en la faltriquera vino a La Punta para pasarse semana y media de muy bien ganadas vacaciones. Fue precisamente en tales circunstancias, siendo todavía adolescente, cuando lo entrevisté.
Balneario de La Punta 1930
- ¡Hola, Peluquete!
- ¡Guauuu, Rrricarrdou!, how are you?
- ¡¿Yo?, como cohetón, Peluquete!,… Cuéntame cómo te sientes, cómo la vas pasando en los Yunaites.
- Mucho bueno, mucho bueno, Rrricarrdou,… I now am very glad to be here in La Puntauuu.
- ¿Cuánto tiempo que estás ya fuera del Perú?
- Go two... van dous years, dousañous, Rrricarrrdou.
- ¿Qué tal te ha ido?
- A mí irme muy bien en Ammérrrica,... Yo trabajar ahorrra en factory de hoses,... ooohuu, ¿cómo decirse hoses?... Aaaaa, yes: manguerrras. Sí: yo trabajar produciendo manguerrras. Soy manguerrerrrou,... Ser mucho bueno job.
Caminando por Cantolao nos habíamos sobreparado para contemplar el mar, lo avanzado de la tarde y el crepúsculo:
- Beautiful,... Very wonderful setting,... Very wonderful sunset, ... !A mí gustar muchou -dijo Peluquete en un arranque de fascinación-.
Playa de Cantolao - La Punta 1959
- ¿Te refieres a la puesta del Sol, al ocaso?
- What?!
- Puesta del Sol, ocaso,...
- ¿Oucassou?,…¿oucassou?,... Ouhh, yes: ¡al oucassou!
Lo que Peluquete pudo haberme contado en cinco minutos le llevó casi una hora hablando su jerga oclusiva. Significóle ciclópeos esfuerzos hallar la palabra correcta, precisa, apropiada, y articularla: morisqueteaba con todo el rostro; guiñaba los ojos y ponía los labios en O como si le faltara oxígeno. Sufría aturdimientos y soponcios en sus esfuerzos de hallar el vocablo apetecido. Doblaba la boca y convertíala en tubo acústico, como atacada de huracanes tropicales. Definitivamente, Peluquete tenía la lengua convertida en enrevesado nudo marinero.
Han transcurrido cincuenta años de este suceso, y a la fecha Peluquete debe ser un caballero casi nonagenario, y más gringo que los gringos mismos... ¿Recordará alguna palabra en castellano? Quizás los achaques y senilidad propios de la edad hace rato le hayan hecho olvidar lo poco que del habla materna aún archivaba en el caletre, cuando en su plenitud viril, luego de dos años de ausencia, visitó El Callao.

Ricardo E. Mateo Durand
Tartu
Estonia


Fuente de Imágenes:
Archivo de Imágenes CURRARINO
Lima La única





sábado, febrero 18

Instituciones Chalacas : Municipios del Callao y de La Punta

                       CUESTIONES URBANAS DE LOS MUNICIPIOS

DEL CALLAO Y DE LA PUNTA

El Callao 1930. Es lamentable que hasta hoy la Municipalidad del Callao no haya podido ejecutar la construcción de un Palacio Municipal y que ni siquiera posea una casa propia, aunque modesta, donde instalar sus oficinas y atender las necesidades del público. El municipio chalaco, por falta de local propio, ha andado siempre en peregrinaciones, y en el transcurso de los últimos cincuenta años lo hemos visto mudarse del local que ocupaba en la primera cuadra de la Avenida Sáenz Peña, ex Calle Lima, donde hoy funciona la Beneficencia Pública del Callao, hacia la Plazuela Independencia, para luego mudarse en el segundo piso del Mercado del Callao, para instalarse finalmente en el edificio del Banco del Perú y Londres, donde hasta ahora se presenta con toda la decencia posible, pero no corresponde a la institución edilicia porteña.

MUNICIPALIDAD EN LA SEDE DE LA AVENIDA SÁENZ PEÑA

EX CALLE LIMA 1868
Vista del local que ocupaba en la Calle Lima, hoy Avenida Sáenz Peña primera cuadra hasta fines del siglo XIX
Vista del mismo local Municipal con fondo del Real Felipe, cuando en el segundo piso del Castillo se ubicaban las oficinas de La Aduana, nótese que aún no había sido instalada la Pileta en la Plazuela Independencia, la cual fué inaugurada en 1865.
Frontis del Municipio en la Avenida Sáenz Peña con funcionarios posando a su ingreso
Posteriormente, en este mismo local hasta la fecha, se encuentra instalada la Beneficencia Pública del Callao










MUNICIPALIDAD EN SU SEDE DE LA PLAZUELA INDEPENDENCIA 1880
Local de la Municipalidad ubicado en la Plazuela Independencia, en la esquina con la Calle Paz Soldán


La Municipalidad del Callao ha juzgado con mucha razón que el edificio en el cual funciona no está á la altura del primer puerto de la República ni de la ciudad, cuyos intereses se halla llamada a cuidar. Con el objeto, pues, que próximamente se proceda a la construcción de un local más apropiado, ha encargado al arquitecto francés Mr. Robert, la confección de los planos para un nuevo edificio.
“El Callao” ha batallado siempre porque el municipio chalaco tenga un palacio propio, en terreno de su pertenencia. Junto a estas líneas publicamos la fotografía de la fachada del Palacio Municipal que en el año de 1910 acordó el Consejo Provincial edificar en un terreno de su propiedad ubicado en la Plaza Grau y que ha quedado en nada hasta hoy.
Proyecto de la fachada del Palacio Municipal del Consejo Provincial del Callao a construir en el terreno que se ubicaba la estación inglesa del tranvía, en la Plaza Grau.
Arduo debate se promovió sobre este asunto, y hasta en la Cámara de Diputados, en sesión del 28 de setiembre del año 1920 se discutió la inconveniencia y la imposibilidad de que el Consejo enajenara la propiedad del terreno indicado. Con el transcurso de los años se  olvidó  lo que entonces se dijo -y hoy el terreno ha dejado de ser propiedad del municipio-, siendo hoy parte del malecón Figueredo.
MUNICIPALIDAD EN LA SEDE MERCADO DEL CALLAO

MUNICIPALIDAD SEDE DEL BANCO DEL PERU Y LONDRES hasta1970
(CALLE: DANIEL NIETO)
Vista del local de la Municipalidad ubicado en la calle Daniel Nieto, que se utilizó hasta el año 1970, en que fuera demolido por órdenes del Alcalde Labarthe con el pretexto de dar mayor visión a la fortaleza del Real Felipe, donde supuestamente toda la cuadra hasta la Plaza Grau debía ser demolida, lo cual nunca se llevó a cabo.

Vista lateral y posterior del Palacio Municipal ubicado en la Calle Daniel Nieto
Bien cerca tenemos el ejemplo del Concejo de La Punta, que, desplegando un esfuerzo muy encomiable, logró edificar el palacete en que está funcionando en la actualidad y del cual publicamos una fotografía. Aquella es una nota muy simpática en pro del entonces Alcalde de La Punta señor Larco.
Luis T. Larco, Alcalde de La Punta 1925-1930

Sede del Palacio Municipal del Distrito de La Punta 1930
Es menester que el Municipio del Callao contemple y resuelva la mejor forma en que podría actuar el Concejo para conseguir la construcción de un local propio, donde no hubiera temor a sufrir los inconvenientes que produjeron su mudanza de los anteriores locales, y ver la manera de realizar el proyecto ya aprobado en uno de los muchos terrenos que le sería fácil adquirir. El Callao, 20 de Agosto de 1936.

COMPILADOR:
Marcial Pérez Ponce de León
Paita 187
Callao

Fuentes de Información:
Diario el Callao, edición conmemorativa del 1er. centenario político de la provincia.
Revista Vanidades, edición1929
Archivo de Imágenes Currarino







Instalaciones de la estación inglesa de tranvía, ubicada frente a la Plazuela Grau.


Para una mejor ubicación, nótese en el lado superior derecho la torre de la entrada principal a la Fortaleza del Real Felipe, y en sus altos, que corresponden a las oficinas de la Aduana en aquellas épocas.

martes, febrero 14

Narraciones Porteñas - SANTOS


SANTOS
Estamos en un día de abril del 1969. Es una jornada de temprana primavera boreal, con el equinoccio aún reciente. De los techos de dos aguas la nieve y el hielo invernales se derritieron y escurrieron, cayendo primero en chorritos y luego en gotas, gotita a gotita, hasta agotarse. Por las hendiduras o cauces de las rojas tejas descendió todo lo que el invierno había acumulado en la techumbre de las casas. Las pizarras de las cubiertas refulgían al Sol, con un cielo que amaneció claro, transparente y mostrándonos una tonalidad azul profunda. Las brisas húmedas del Báltico nos traen el hálito de sus olas. Las calles del viejo Tallinn se hallan concurridas, rebosantes de lugareños y de turistas; fluye toda una multitud abigarrada, heterogénea, torrencial, que circula dinámica por sus callecitas empedradas. Adoro las calzadas adoquinadas y las calles retorcidas, como las de mi viejo Callao, allá donde vine al mundo y aprendí a interpretarlo, donde di mis primeros pasos y tuve mis primeras caídas; calles que no sé por qué no las protegen y preservan para la posteridad, como se hace aquí en Estonia y en Europa. Una callecita sin sus vetustas casas y sin el piso o embaldosado con que nació se encuentra privada de historia, de atractivo y de belleza. Volvamos, sin embargo, a Tallinn.
Calle empedrada de las esquinas de la Calle Colón con Paz Soldán (1930). Nótese en el lado izquierdo, es la esquina el local del Colegio San José de los Hermanos Maristas
Calle empedrada en Tallinn
Quien por otras características no conociese la procedencia nacional de los circunstantes a los que me refiero sólo tendría que observar quiénes elevan la voz para hablar y quiénes lo hacen en voz baja, casi susurrando. Propio de los eslavos, en especial de los rusos es la expresión vívida, el accionar de manos y brazos, la dicción de elevados decibelios. Los estonios, por el contrario, hablan a media voz y sin gesticulaciones, murmurando, bisbiseando sus frases. Hasta nosotros no llega el rumor lejano de las masas acuáticas porque se ven sobrepujadas por el de la muchedumbre.
Vamos por la Plaza del Ayuntamiento –Raekoja plats, en estonio-, en cuya fachada frontal del Concejo destacan sus ocho arcos ojivales que franquean las galerías y portales que dan a la plazoleta, arquería apuntada, de roca gris, con impostas y dovelas tan características de la antiquísima arquitectura de la capital de Estonia, roca gris cuyas canteras encuéntranse desparramadas por el litoral de su parte continental. Es mediodía y sentimos hambre.
Plaza del Ayuntamiento y Ayuntamiento de Tallinn

Salimos de la Plaza del Ayuntamiento, volteamos hacia la izquierda y tomamos la Calle Viru del Tallinn medieval y hanseático. Allí, en el vértice de la Calle Vene con la de Viru, en un segundo piso hay un restaurante donde almorzamos cuando visitamos la ciudad. Subimos las pretéritas escaleras de madera donde cada peldaño revela el paso de generaciones e ingresamos en la primera de las dos espaciosas salas, ocupadas en su totalidad. Las mesas son numerosas, suficientes, sin que ello dé impresión de hacinamiento, que no lo hay. Son muebles de roble, compactos, firmes, con cuatro sillas alrededor, todo de color caoba. Las mesas, cuadradas, de un metro por lado. El ambiente se nos presenta como arrancado de ambigú de entreguerras, como atrapado de los años treinta. Las ventanas son grandes, pero estando con las cortinas corridas amortiguan la claridad primaveral que envuelve la ciudad.
Tallinn Calle y Puerta de Viru



Las mozas se multiplican para atender a los comensales. Miramos hacia aquí y hacia allá … No, no parece que haya puestos libres. Ambos intercambiamos una mirada de contrariedad. Quizás debamos irnos a otro lugar. Meditando la posibilidad de irnos no tuvimos tiempo para llevar a cabo tan propósito porque justo en ese instante nos topamos con dos ojos que nos asaetan con mirada aguda, comprensiva, benevolente. Él está solo, ocupa una sola mesa sin nadie que lo acompañe. Según la costumbre de la época, viendo espacio libre nos animamos a pedirle permiso para sentarnos. Inmediatamente acepta gustoso, y con siniestra mano nos indica las dos sillas desocupadas en la que nosotros dos nos acomodamos.
Nuestro ocasional amigo es hombre que no sobrepasa el metro setenta ni los 40 años de edad. Es de contextura gruesa, atlética, fornida. Su piel es más trigueña que blanca, como negros sus cabellos. Barba tupida del mismo color, pero rasurada, adivinándosele, no obstante, los cañotes que pujaban por aflorar. En medio de la cara la Madre Naturaleza le colocó una nariz prominente, aventajada, especialmente por el descollante caballete situado entre los ojos y la boca, sin que el promontorio de la topografía facial lo afeara.
Ambos nos sentamos e intercambiamos opiniones acerca de qué pedir. Hablamos castellano, y nuestro casual compañero de mesa prosigue comiendo lo que tiene al frente. Pone cara de concentración en su plato, en articular y concertar los movimientos del tenedor hacia su boca, pero se nota que nuestra lengua despierta curiosidad. La moza se acerca:
-¿Qué desean los señores?
-Quisiéramos una sopa espesa, densa, de ésas …
-¿Seljanka?
-Sí, por favor, tráiganos sopa seljanka para cada uno. De segundo un carbonado de cerdo, con papas y huevos fritos, pepinillos encurtidos y col ácida, como se estila en la culinaria estona.
Seljanka
Me agradan las sopas espesas, densas, compactas, sustanciosas, y la seljanka cumple estos requisitos de mi personal preferencia.
La camarera se da media vuelta y encamínase a la cocina a cumplir con nuestro pedido. Mientras tanto ambos continuamos nuestra charla. Confiados en que no nos comprende, con mayor razón ahora que disponemos de un tema más, que es descubrir la nacionalidad de nuestro camarada de mesa … ¿Armenio, georgiano o azervazhano? … ¿Cuál será su nación y procedencia?... ¿En qué confín de la Unión Soviética habrá nacido?
Sin que diera muestras del examen al que lo sometíamos, nuestro accidental camarada continuaba su tarea masticatoria. Come despacio, ingiere, deglute sin apuros, saboreando, paladeando con fruición. Todo se desenvuelve sin intervalos ni estorbos hasta que de pronto el tenedor de nuestro vecino interrumpe su desplazamiento del plato a la boca y de la boca al plato, queda inmóvil sobre la mesa y nos dirige la palabra. Habla primero en ruso; luego, como reconociendo haberse equivocado de lengua, en estonio tan fluido como su ruso:
Los he estado escuchando y lo que ustedes hablan, aunque alguna vez la he oído, no es lengua que yo conozca … ¿Puedo preguntarles algo?
-Desde luego,… usted dirá, ¿de qué se trata?
-¿Qué idioma hablan ustedes?
-Hablamos castellano, o español, como aquí en Europa dicen.
-Aaaahh,… ¡español! … ¡español!
Pronunció la palabra catándola como si se tratara de un buen vino procedente de viñas y lugares reputados, renombrados, célebres, para acto seguido quedarse con la mirada perdida, como mirando a un punto indeterminado, hurgando en los yacimientos de su memoria, escarbando posos y sedimentos del recuerdo en los filones y canteras de su propio pasado.
-¡Hablan español!
-Sí, hablamos español,… ¿Lo ha estudiado usted? … ¿Lo comprende?
-No, no lo he estudiado y tampoco lo comprendo, pero algo me decía que ustedes hablaban en español.
Y se sumió nuevamente en los profundos abismos de su mundo interior. Allí, en lo más arcano de su ser existía el magma, la masa ígnea de un dolor que puja por desbordarse, por erupcionar.
Pasados unos segundos, viendo nosotros que retornaba de su privada e íntima oquedad, que se reanimaba, nos sentimos estimulados a repreguntarle:
-Díganos, por favor, ¿de qué parte de la Unión Soviética es usted?, ¿dónde nació?
-¿Que dónde nací? … No podría decírselo porque yo mismo no lo sé. Sé, sí, que nací en España, pero desconozco el lugar exacto. Déjenme primero contarles que me llamo Santos, nos respondió mientras agregaba un apellido de resonancias eslavas que olvidamos al poco rato. Me llamo Santos y nací, como les dije, en España, pero, repito, no puedo decirles en qué lugar de España porque ya no lo recuerdo. Soy uno de los niños que trajeron a la Unión Soviética en circunstancias en que la Guerra Civil Española cobraba fuerzas y se sospechaba que no demoraría el triunfo de Franco. Por todo documento acerca de mi identificación yo llevaba un relicario que mis padres me colocaron en el cuello. En la cajita del mismo estaban depositados mis datos personales: mi nombre y apellidos, los nombres de mis padres, mi dirección domiciliaria, y todo lo concerniente para que me reintegraran a mi patria natal una vez concluida la contienda. No sabría decir si fue embarcándonos en España o llegado que hubimos a territorio soviético, en el desembarco alguien vio el relicario, y creyendo que era de plata me lo arrancó del cuello. No era de plata sino de metal plateado, que para mí valía más que el oro. Siento todavía en la piel el tirón y la rotura de la cadena. Quien me lo arrebató me desposeyó también de mi filiación, de mi identidad, de mi familia. Me despojó de todo. Nunca nadie me lo devolvió, y yo sólo recuerdo mi nombre, Santos, que es el que en la lejanía se me presenta pronunciado en boca de mis progenitores.
 
Niños enviados a Rusia
Aquí en la Unión Soviética me crié en un orfelinato, y en tal asilo me pusieron, como a todos, el apellido que ahora llevo. Salí a los 18 años e hice mi vida, mi propia vida. Algunos años viví sin radicarme en ningún lugar, en ninguna ciudad, hasta que me vine a Estonia y me casé con una estona, con quien tengo dos hijos. Me gusta mucho pescar y llevar a mis hijos a pasear por los bosques, caminar por las orillas del mar, esquiar en invierno, cuando la nieve es blanca y todo muestra su rostro inmaculado. Me siento muy contento de vivir aquí. Pero hay un extraño sinsabor que me acompaña recurrentemente: nunca he logrado saber mi procedencia ni la residencia de mis padres, ni si ellos viven o ya murieron ... ¡cuánto daría por saberlo! … ¡Cuánto daría por verlos, abrazarlos y sentir su cuerpo junto al mío!
Nuestra conversación e intimidad se extendió a lo largo del resto del almuerzo. Santos era un hombre de fácil palabra, comunicativo, abierto, sencillo. Concluimos nuestras respectivas meriendas y todavía nos quedó tiempo para alternar unos minutos más. Luego, nos despedimos confiados en que nos volveríamos a encontrar en Tallinn.
Salimos de las salas espaciosas como arrancadas de ambigú de entreguerras, como atrapadas de los años treinta, y descendimos las pretéritas escaleras de madera donde cada peldaño revela el paso de generaciones. Las calles del viejo Tallinn, del Tallinn medieval y hanseático se hallan concurridas, rebosantes de lugareños y de turistas; fluye toda una multitud abigarrada, heterogénea, torrencial, que circula dinámica por sus callecitas empedradas.
Ricardo E. Mateo Durand
Tartu, domingo 22 de enero de 2012
Tartu - Estonia
El Callao - Perú










domingo, febrero 12

Narraciones Porteñas - María


MARÍA

Sí, definitivamente en la vida hay sucesos, eventos y acontecimientos inexplicables, enigmáticos. Algunos nos vienen al cerebro en fragmentos instantáneos y pasajeros de ensueños, o en esos resquicios existentes entre la vigilia y el sueño mismo, dejándonos la imagen completa, acabada de lo ineluctable que vendrá. Son destellos fugaces pero cuyas percepciones se convierten en duraderas. Uno de estos episodios sea quizás el relacionado con María.
María Cargotich Shaw fue medio hermana materna de mi abuela paterna Luisa Tassara Shaw. Ambas tuvieron madre común en Margarita Shaw. María vino al mundo en El Callao. Su alumbramiento se produjo en el año del Señor de 1886, o sea ocho años antes que mi abuela también naciese en nuestra ciudad portuaria.
Calle Lima esquina con José Gálvez 1886
Quien haya leído mi narración LA CARTA, donde historiamos la misiva escrita por Miguel Cargotich Shaw el 16 de junio de 1892 – navegante casi niño que a la edad de 13 años falleció perdido en alta mar–, epístola que fuera la última que escribió, en un párrafo de la misma leemos: … memorias a ti y a maria un besito i un abraso... (He respetado la grafía original del documento). Esta María es precisamente la persona de la que ahora brevemente esbozo su semblanza.
Si describiésemos a María, si esbozásemos su reseña personal e indumentaria resultarán similares a las de otras damas de su tiempo. Decididamente cada época, cada cultura y cada ciudad tienen su gente de rasgos coincidentes, sus gustos, su manera de hablar y de entonar las palabras, sus giros idiomáticos. La recuerdo así como ella era por los años en que fui criatura, que es tanto como referirme a las postrimerías de la primera mitad del siglo XX, concretamente el 1949 o 1950. María fue mujer alta, más bien gruesa que delgada sin perder por ello su porte gallardo e imponente de una hermosura que los años no habían disipado. Así como a la distancia de los seis decenios que me separan de ella viene a mi memoria, María tenía clara la tez y ojos de tono verdoso acaramelado. Lucía tupida cabellera sobre despejada frente. Sus largas guedejas, entre castaño claras y canosas le servían para entrelazarlas y tramar trenzas que se las enroscaba en el cráneo o las remataba envueltas configurando apretado moño en la coronilla.
Ahora me sería imposible indicar con exactitud el lugar de su domicilio, pero era yéndonos por la Calle Montezuma y atravesando las demás callecitas de nuestra vieja ciudad marítima, oceánica, vaporina, que poco después, para celebrar el centenario del Callao como Provincia Constitucional, cayeron bajo pica y combo de los alarifes municipales para el trazado y apertura de la Avenida Dos de Mayo. Jamás comprendí por qué hay que destruir lo antiguo, desaparecer lo vetusto, demoler lo histórico, lo que es parte de nuestra personalidad y cultura arquitectónicas, los que nos une con el pasado y nos hermana a todos, o sea aquello que nos dejaron nuestros mayores, y remplazarlo por algo que nace desprovisto de biografía.
Avenida Dos de Mayo antes de la ampliación por el Jr. Piura
Esquina de Monteagudo con el Jirón Piura
Unas cuadras todavía más allá y en alguna transversal se ubicaba su casa. Mi abuela Lucha la visitaba con cierta frecuencia, y nos llevaba a mi hermana Diana y a mí, siendo siempre cálida y muy bien recibidos.
Mi abuela tocaba y María presurosa abría la puerta. Aparecía allí, con su solemne figura, flanqueada por ambas jambas del marco de la entrada de su vivienda, en el umbral y bajo el dintel de su morada. Inmediatamente a continuación de la mencionada puerta de calle había otra menos compacta y menos sólida, con vidrios de colores que se rombotizaban en paralelogramos pequeños de color rojo, azul, amarillo y verde intensos, mampara protegida de visillos blancos que, una vez franqueada, ingresábamos en la sala. Nosotros pasábamos y ante mí se dibujaba escenario familiar. El suelo era de listones de madera de un color marrón opaco, oscuro, humilde pero limpio. Desde el más remoto pretérito hasta mí llegan espejismos de sus muebles, reflejos de sus enseres: ésos antiguos de recto respaldar, acojinados con pequeñas almohadillitas, con canalitos entre las unas y las otras; tapizados con tela cetrina, de un estilo que no he vuelto a ver en esta vida.
María hablaba con voz potente. Dentro de su amabilidad y llaneza chalacas todo en ella denotaba energía, firmeza, contundencia. Era adicta al tabaco, lo que se dice puchera recalcitrante, tanto que diariamente encendía, fumaba hasta el final y apagaba los cigarrillos de ocho cajetillas, con lo que significamos que superaba en 16 unidades a los contenidos en una gruesa. Su doctor de cabecera le recomendó limitarse en el placer del humo -para chimeneas y emanaciones bastaba con las de la Cervecería del Callao-, y ella creyó interpretar y cumplir correctamente los consejos facultativos reemplazando los 160 cigarrillos por ocho cigarros puros por jornada, a razón de un cigarro habano por cada cajetilla.
El acolchado de sus muebles históricos, sus cortinas, el mantel de su mesa, los pisitos de las repisas, las vigas y maderamen del techo y las paredes, todo, todo hallábase imbuido e impregnado de olor a tabaco. María se sentaba, se paraba, arreglaba aquello que creía fuera de lugar para luego volverse a sentar sin interrumpir su conversación. Sus movimientos eran pausados pero con vigor. Al hacerlo exhibía su alta figura cubierta de camisa y faldón holgados, de tonos amarronados, con apariencia de tela gruesa escocesa, que no alcanzaban a cubrir los zapatos negros de pasador, lengüeta y tacón, que también usaba mi abuela. Nos miraba a Diana y a mí y le decía: ¡Qué bien se ven tus nietos, Luisa! ... ¡Qué bien se ven tus nietos!
Hay un gesto muy suyo, un movimiento facial, una especie de mueca que también lo tenía mi abuela. Constituíalo éste cierto mohín en uno u otro de los extremos del labio superior, especialmente en el del lado derecho. Cuando cualquiera de las dos consideraba que lo que escuchaban no reflejaba la realidad, o que ésta era exagerada, o que las estaban engañando, chupaban y succionaban la porción labial referida. Manteníanla dentro de la boca esbozando casi una sonrisa, y miraban a su interlocutor con ojos festivos, semicerrando los párpados, en guiño difícil de describir.
Mi abuela contaba que María tenía la costumbre de saludarla abrazándola por la espalda. Se le acercaba silenciosa, cautelosa, sigilosamente, como aparecida, como fantasma benevolente, y la ceñía por la espalda, apretándola, riéndose de su sobresalto. Así había hecho desde que María era adolescente y mi abuela una niña.
Las cosas, como los individuos, poseen identidad, carácter, un no sé qué que las hace como si fueran sensibles, como si se encariñaran con los habitantes del hogar, como si derrocharan simpatía y buena fe por sus dueños. Uno de esos objetos fue ése que en mi casa natal nosotros llamábamos el camastrón.
El famoso camastrón fue la cama matrimonial de mis abuelos Luisa y Melitón. Este era sólido mueble de hechura de bronce, con intensidades y matices diferentes de su macizo amarillento-verdoso-rojizo, según se le mirara al influjo de diferentes momentos del día. Los tubos de la estructura serían de unos seis centímetros de diámetro; en los de sus extremos de la cabecera y de la parte correspondiente a los pies tenían unos aros corredizos que yo los hacía subir, los empujaba hasta arriba y los soltaba, cayendo libremente y produciendo un sonido metálico, más o menos seco, cuyo timbre se apagaba no bien chocaba con sus bases. El somier era de madera, de viga, de tronco rectangular, moldura de unos 15 por 10 centímetros de alto y espesor, respectivamente, que circundaba todo el perímetro del amplio tálamo. Un alambre grueso entrecruzaba su urdimbre de cocadas en el que descansaba el colchón de paja sobre el que nosotros, cuando no dormíamos solíamos jugar y saltar. Me veo escalar hasta lo alto de la cabecera de bronce y desde su cima lanzarme al vacío, caída corporal que detenía el mencionado colchón relleno de forraje.
Fue una mañana del año de 1950 o del de 1951, lo misma da, cuando nos habíamos despertado pero aún seguíamos en el camastrón sometiéndolo al batacazo de mis zambullidas desde la cúspide de la cabecera. Mi abuela Lucha discurría por el cuarto sin quitarme el ojo para evitar que aterrizara sobre las tablas del suelo. Sobreparose de pronto y miró hacia atrás, hacia sus espaldas: había sentido que la abrazaban con la energía que María lo hizo siempre. Tuvo el presentimiento del óbito, la premonición del tránsito de su hermana, de la partida de María a la otra vida, la confirmación telepática y hasta física del luctuoso suceso. Se llevó ambas manos al pecho y desde lo arcano de su alma exclamó: María … ¡María ha muerto! … ¡María ha muerto!
Dos días después, cumplido el tiempo del velorio, sepultaron a María en el Baquíjano.
Ricardo E. Mateo Durand
Miércoles 11 de enero de 2012
Tartu – Estonia
El Callao - Perú



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