sábado, octubre 13

Callao Historia : La antigua carretera del Callao


VISIÓN HISTÓRICA DE LA ANTIGUA

CARRETERA DEL CALLAO

ANTES ERA UNA PROEZA VIAJAR DEL CALLAO A LIMA
Desde que la Colonia tomó en Lima su sede capital y fijó el puerto en el bajío o abra cercana al lugar nombrado Piti-piti, un tráfico más o menos lánguido y moroso ligó ambos puntos. Mucho habrá que decir acerca de cómo fue cimentándose el uso de determinada vía de comunicación, que luego había de denominarse la “carretera”, y cuyo término, a las puertas de la Metrópoli, hubo de fijarse en la “Portada del Callao”, que tal lo era exactamente, hasta la demolición de las murallas, el severo pórtico que se levantaba al final de la ruta y acceso a Lima. Pero no vamos a abordar tema tan vasto y sí limitarnos a más reducidos márgenes.
Grabado del Callao, por Huamán Poma de Ayala, 1615
Nuestra visión va a contraerse a épocas accidentadas y con sobrada razón de relaciones pintorescas; épocas de breve transcurso, más de hondos e interesantes recuerdos que han de constatar por sus características de soledad y parsimonia unas veces, o de zozobras y riesgos otras, con la actividad, bullicio, concurrencia y celeridad hoy imperantes.
Esto sabido, extendamos la vista en pos del objetivo y miremos un siglo atrás.
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Muy poco tiempo hacía que por empeño que al caso puso el residente francés M. Demuelle, habíase logrado el establecimiento de un tráfico de ómnibus entre la capital y el puerto, tráfico que empezó por el empleo de un carruaje o diligencia (o como antes dijimos “ómnibus”) que marchaba en la mañana de Lima al Callao para volver en la tarde del puerto, y otro que, saliendo del puerto temprano regresaba tarde de la capital.
Este servicio que en rigor durante algún escaso tiempo estuvo limitado a un solo carro que hacía ambos viajes en el curso del día, contó en seguida con el doble juego que expresamos y, poco más tarde, con mayor número de vehículos, alcanzando a tres los diarios viajes entre el puerto y Lima o viceversa.
Este era, pues, con las alteraciones indicadas, pero seguro desde un principio, para los viajeros el método más cómodo y garantizado de traslado.
A él había que agregar las pocas calesas empleadas por sus propietarios; algún mayor número de traficantes jinetes y, finalmente, el de los peatones, muy pocos desde luego, que sólo disponían de este lento medio de movilidad.
Carricoche Lima-Callao transportando pasajeros
Luego hubo también “coches” que se fletaban en determinadas ocasiones por quienes adoptaban este elemento de transporte, prefiriéndolo al del uso de la diligencia, para gozar de mayor albedrío en la marcha.
He aquí todos los recursos de locomoción existentes, que, puede asegurarse, no significaban en su totalidad un movimiento mayor de la escasa centena de viajeros diarios entre la capital y su puerto.
El flete de un caballo importaba un peso; el de un “coche” un cuarto de onza (de oro) y, el del de pasaje en diligencia u ómnibus no era muy diferente del de la primea tarifa.
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Dediquemos nuestra atención al curso de la vía. Tal como la visión que dirigimos nos lo va a presentar.
Del Callao se salía desde el propio desembarcadero, atravesando inmediatamente las polvorientas y estrechas calles de la población y dejando, al término de ésta, hacia la izquierda, el pequeño pedestal sobre el que se eleva la Cruz, legendaria salvada en el terremoto de octubre de 1746.
Grabado del Puerto del Callao en plena faena, 1860
 
Extendíase en seguida, ya en despoblado, líneas dilatadas de tapiales, a uno y otro lado, entrecruzadas a veces por más o menos espesos matorrales, secos y terrosos. Algo más distantes percibíanse arbustos que bordeaban los cantos del Río Rímac; y, vencida milla escasa de marcha mirábase de cerca el pequeño poblado llamado Bellavista, que no comprendía más de unas pocas decenas de casuchas visibles, sólo restos salvados de los destructores cañonazos recibidos cuando el sitio del Callao en la resistencia de Rodil.
Croquis colonial del Callao, en 1650
Continuando el camino polvoroso y árido, dejábase hacia la izquierda y a alguna distancia el cementerio Baquijano y, casi a su nivel inmediato a la ruta, presentábase el solo y único árbol del camino, a cuya sombra, industriosa mujer del pueblo acompañada de algunos relacionados, ofrecía refrescos, bizcochos y la apetitosa limeña mazamorra.
Se había ganado casi la mitad del derrotero; al hacerlo habíase encontrado en dirección a Lima grupos de arrieros conduciendo tropeles de burros, portadores de mercancías despachadas para el comercio o particulares de la Capital o que volvían al Puerto en busca de otros despachos; asímismo, cruzábase con uno que otro jinete, mucho más raramente con algún carruaje de uso privado, que emprendía la ruta en uno u otro sentido. La vía por lo general, sin embargo, presentaba aspectos de escasísimos concursos, y la nota de pasividad y abandono era casi predominante impresión del observador.
Más adelante, el viajero llegaba a la Legua, en donde se había avanzado la mitad de la distancia, y en donde, en frente de la bonita capilla de la Virgen del Carmen, que producía grata sensación, se encontraba un rancho, tambo o tienda de fragilísima construcción (adobe y paja), provisto de bastantes fiambres y licores, y bajo cuyo techo el caminante descansaba un rato, satisfaciendo la sed o el apetito. Lima, con todas sus seducciones, estaba ya cercana.
 
Vista panorámica hacia Lima del camino real Lima-Callao a la altura de la Iglesia de La Legua, 1840
El camino adquiría de pronto otros aspectos: después de seguir entre tupidos matorrales, de uno y otro lado, ofrecíanse a la vista sembríos de variados matices, por detrás de los tapiales, y muy luego a la vez que se percibían extensas huertas de grandes y ricas árboledas, plátanos, naranjos, pacaes, chirimoyos, perales, y otros más, veíanse en la inmediación los muros ovalados o, mejor los cercados en semicírculo, dispuestos para la comodidad del tráfico por el Virrey Abascal, y que también contenían en todo su rededor poyo de adobe en que reposar. Se llegaba a los óvalos, ¡de tan regocijada memoria para las risueñas colegialadas de Lima antigua!
Plano de caminos y objetos civiles
Pero el viajero, gozando del perfume de flores y frutos, sintiendo ya la vecindad de la Capital deseada, no interrumpía la marcha, y a pocos minutos se hallaba en frente de un gran pórtico adornado con molduras estucadas en el que notábase la mutilación o despojo de las armas regias que lo habían exornado: era La Portada del Callao, término del viaje en cuyo punto era forzoso detenerse para someterse a la inspección y cobranzas que la autoridad hacía en relación con los derechos de la sisa, de obligado pago en aquella ocasión.
Fue una de las portadas más hermosas construidas, al salir se encontraba una alameda de grandes longitudes en donde se destinaban grandes reuniones. La fachada tenía tres entradas. En la puerta central se colocaron las armas reales con la leyenda 'Imperanete Carolo IV'. Sobre la derecha se colocaron las armas de Lima y sobre la izquierda, las del Consulado, 1687
 
En ese momento, transcurrida dos largas horas de vaivenes y sacudidas dentro de un carro con todas las excelencias de la época: cubierto de polvo y sufriendo las consecuencias del sol canicular, si era verano, o de la dispersa llovizna, si era invierno; sofocado por las molestias de una posición incomoda por tan largo rato, el viajero, estaba al fin en la Tres Veces Coronada Ciudad de los Reyes del Perú.
Le restaba solamente atravesar las cuantas cuadras que lo separaban del Hotel Francés o de la Posada también francesa, en que habría de alojarse y despedir al auriga francés, así mismo de seguro, si es que el viaje se había efectuado en la diligencia del servicio de M. Demuelle.
Hasta aquí queda cumplido el itinerario de una travesía un siglo atrás entre El Callao y Lima.
Vista de calle limeña concurrida con acequi central y gallinazos  
La diligencia, típico vehículo que es el que da la regla a nuestra contemplación, era carruaje de fabricación francesa, con capacidad para doce o, a lo más, 14 pasajeros, que disfrutaban de escasa cabida, de lo que resultaba una inmediación codo con codo, que establecía entre los tripulantes, en el largo lapso de la marcha: una obligada confianza que se traducía en una nueva amistad si la simpatía mutua mediaba, o en un molestoso contacto, si esa simpatía se aburría.
Mosaico de vehículo tirado por caballos
En el primer caso surgía la charla espontánea y pública, que se generalizaba muchas veces; entre tanto que en el segundo se producían razonamientos insípidos  que originaban en ocasiones hasta riñas y obligados diálogos, que también podían generalizarse mortificantemente, o que terminaban por la discreta intervención de un tercero.
Cuanto la ruta de siete millas, interpuestas entre una y otra de las poblaciones ofreciera a la vista de los viajeros, no dejaba de motivar frecuentemente objetos de conversaciones súbitamente iniciadas; ya era la contemplación de las huacas y otras ruinas incaicas; ya los encuentros con arrieros que conducían sus recuas cargadas, con poca humanidad, de que eran testimonio las muchas osamentas dispersas en trechos del camino; ya era la aparición más o menos lejanas de las grandes casas habitaciones de las chacras o haciendas sitas a ambos lados; ya, cuando la claridad de la atmosfera lo permitía, la majestuosa apariencia, en prolongada lontananza, de las cumbres nevadas de la gran cordillera de los Andes, a muchas leguas de distancia; ya, si alguna incidencia daba lugar al descenso de los pasajeros, la curiosa lectura en las tapias o en los majos muros de los óvalos, de inscripciones políticas, “vivas” o “mueras” a los distintos caudillos, o de recuerdos amorosos consagrados a tal o cual efecto femenil; ya, finalmente, la inmediación de las cúpulas y torres urbanas, las que, destacándose en las cercanías de Lima, a los ojos de los viajeros les anunciaban el arribo a una ciudad de prometedoras calidades.
El recorrido de las calles de la población hasta bajar en la de Palacio o Bodegones, del carruaje para internarse al Hotel, ofrecía diversas particularidades. Al principio se presentaban calles de pobres aspectos y en que las paredes denotaban mal gusto y pobres condiciones de mantenimiento, pero en seguida se penetraba en el centro de la ciudad y se observaba ya el considerable volumen urbano a la vez que el bullicio, la vistosidad de los almacenes, la cuantía de los transeúntes, la general animación de un vecindario que dejaba translucirla, halagaban la mente y la vista del viajero.
Pintura de escena colonial limeña
Este tránsito de siete millas -más o menos 2 leguas castellanas (5572.7 m), para trasladarse de una a otra de dos ciudades de culta condición, no fue, sin embargo, ni mucho menos exento siempre de peligros y cuitas. Bien es cierto que situaciones de tal carácter fueron excepcionales; pero es evidente también que duraron, especialmente en dos ocasiones y por algunos años, y constituyeron muy ingrata nota para el viajero que llegaba a Lima.
Esas dos ocasiones fueron: la primera, cuando los intemperantes ambiciones políticas de Gamarra y de Salaverry, crearon una situación de desorden y desbordamientos, sucesos ocurridos en los años 1834 y 35; y, la segunda, cuando muerto el primero trágicamente, sobrevino prolongada anarquía de que aprovechó el latente bandolerismo para reproducir sus hazañas.
En ambas épocas el traslado de Lima al Callao o a la inversa, representó una proeza; de tal modo hacíase riesgoso el viaje porque partidas de salteadores, a veces simulando la menos aceptable calidad de montoneros, merodeaban por todos los campos y rutas vecinas a la capital y hacían sus cotidianas víctimas a cuantos se aventuraban al tránsito.
Son de fama los asaltos y despojo que entonces se hicieron. Los bandos de malhechores capitaneados por el negro Pedro León, que encabeza negros cimarrones, o por el indio Vivas, que comandaba indios montaraces, incursionaban sin cesar en las chacras de los alrededores o en las vías traficadas, y daban cuenta de dinero, ropas, vituallas, cabalgaduras, prendas todas y cualesquiera que fueren, y aún de la vida de los viajeros si oponían resistencia. Aparte de esas bandas de pésima reputación, había otros bandoleros sueltos que operaban con igual iniquidad y atrevimiento. Los matorrales y las huacas eran los conocidos apostaderos de estos facinerosos. Por entonces, era difícil determinar el punto preciso que en cada caso empleaban los ejecutores de este terrorismo.
En una ocasión el exceso corriente de ellos se ejercitó contra el Cónsul inglés -Mr. Charles Thomas Rowcroft- y su hija, la señorita doña Ellen, que fueron atacados en la ruta, asalto que le costó la vida al mencionado representante de la Corona Británica y la desaparición de la joven. Todo indica que este trágico suceso se debió más bien al bandolerismo de tipo político representado entonces por los focos de apoyo al régimen colonial de España. El Cónsul británico había llegado al Perú poco antes (1825). Para mayores datos del suceso, ver la interesante Tradición de don Ricardo Palma Soriano (1833 - 1919) titulada El primer Cónsul Inglés, que aparece en: http://es.wikisource.org/wiki/El_primer_c%C3%B3nsul_ingl%C3%A9s así como la breve nota http://es.wikipedia.org/wiki/Charles_Thomas_Rowcroft
Más adelante, ya en la época republicana, el gobierno enérgico y entendido de don Andrés de Santa Cruz y Calahumana (1792 - 1865), siendo Presidente del Perú (1827) restableció la absoluta normalidad en los caminos. Esto fue en relación con el primer período de bandolerismo.
El segundo período, que corrió de 1842 a 1845, presentó infinidad de atropellos y crímenes, angustiando a los pobladores honrados, sin que el gobierno de Vivanco, ni mucho menos los mandatarios interinos que lo sucedieron, los pudieran contener. Fue la firme y discreta administración de Castilla la que supo impedir sus depredaciones.
La inauguración del ferrocarril, llamado el Ferrocarril Inglés al final de esa administración, transformó las condiciones de tráfico y selló la apetecida desaparición de la criminalidad en la campiña entre El Callao y Lima, consolidando una urgencia para la vida social del país.
Estación Ferroviaria Santa Rosa del Callao, ubicada en lo que hoy es la
Avenida Miguel Grau, a la altura de la acera del frente del antiguo local del Colegio José Santos Chocano, 1890.
 
Con ello la visión de la antigua carretera del Callao concluyó también, quedando el recuerdo que dejamos expresado.


Fuente:
Diario El Callao, publicación del año 1916
 
 
 
 
 
 
 
 
 
 

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