jueves, mayo 10

Narraciones Porteñas : Augusto


AUGUSTO

Augusto Nicanor del Prado Pacheco nació en Sullana el 26 de febrero de 1932 y falleció en Lima el 01 de noviembre de 1994. En el lapso de 62 años, que duró su existencia terrena, vivió una vida honorable y fecunda, fructífera, ubérrima especialmente en el ámbito de la docencia, a la que de lleno dedicó energía y talento.
Recuerdo cuando lo vi por vez primera, que fue al inicio del año escolar de 1956, en que hice el quinto de primaria en el Colegio Italiano del Callao. Sabíamos con certeza que uno de nuestros maestros sería don Sixto González, pero desconocíamos a quién correspondía compartir con el profesor González la responsabilidad de esa clase.
Fachada frontal y entrada principal del Colegio Italiano del Callao.
Augusto era por entonces hombre joven, de apenas 24 años. Vivía en la Calle Independencia –paralela a Constitución–, en el mismo inmueble que casi llega a Adolfo King y hace esquina con esta calle, en restauración hace un par de años. Un poco más allá y al frente está la entrada trasera del Edificio Ronald, con su magnífica verja de metal macizo. Vistió esa fecha terno azul oscuro de rayas finas, con chaleco, siendo el chaleco una prenda infaltable en el vestuario de nuestro nuevo maestro, como descubrí después.
Augusto fue hombre de piel morena, tostada, de pelo negro y ondulado, sobre todo en la parte delantera, la de la montaña; contextura media y estatura cercana al metro ochenta. Ese día presentose con gafas que nos impedía verle los ojos y dábanle expresión un tanto adusta, acentuada por el seño plisado, que en las referidas fechas lo mostraba contraído, quizá como tratando de penetrar el futuro, de visualizar qué sorpresas le deparaban aquellas primeras horas en su oficio de enseñante, que fue con el que inauguró y estrenó su vocación de educador.
Arrancado que hubo con las primeras lecciones supimos que Augusto tenía a su cargo las asignaturas de lengua italiana, música, apreciación artística y cursos de cultura general, los que, desde los instantes iniciales entregó a sus discípulos con alma, vida y corazón. Conservo en la memoria como si hubiera ocurrido ayer mismo cuando a las pocas semanas de labor nos dijo así:
- Muchachos ... Resulta fundamental que nos familiaricemos con los compositores y sus obras, por ello les comunico que quien desee ampliar conocimientos en el mundo artístico, y disponga de tiempo este sábado por la tarde, puede venir a las 3.00 para reunirnos y escuchar música.
Como recordarán mis coetáneos, por aquella época las clases escolares se verificaban incluyendo los sábados, que concluían a mediodía. A partir de allí, lo que quedaba del sábado gozábamos de asueto, más el domingo completo, y regresábamos a los estudios el lunes a las 08.00 de la mañana. Con esto digo que las lecciones sabatino-vespertinas fueron obsequio de Augusto, resultado de su desprendimiento y liberalidad. Nadie le pagaba por ellas.
Esa primera reunión y las subsiguientes, que fueron varias, se realizaron en el salón del segundo piso, subiendo por las escaleras del lado de la Dirección, o sea entrando desde la calle por la puerta principal y doblando a la derecha, segundo piso, que quedaba sobre transición y daba al patio de mujeres, teniendo a espaldas la Calle Alberto Secada y hallándose cercana y paralela a la de Paz Soldán.
Vista desde el patio de mujeres hacia la puerta principal. En la época de nuestra
historia no existía la construcción moderna que se observa a nuestra izquierda.
La tarde era tibia, templada, como la mayoría de las del inicio del otoño chalaco. Nos llegaba el rumor y aroma de la Mar Brava. Los ventanales del salón nos proveían de luz predisponiéndonos a la receptibilidad y armonía espirituales.
Nos juntamos, pues, a la hora prevista. Seríamos unos veinte alumnos los que aceptamos su invitación, y Augusto, en esta primera clase en que principió su carrera de entrega, abnegación y ofrenda a sus alumnos, nos habló de Piotr Ilich Tchaikovski (1840–1893). Nos enteramos de su vida y obra, de su residencia en San Petersburgo, capital, por entonces, del Imperio Zarista; de las características de su música y de otras no pocas noticias que permitió hacernos idea del personaje, su sociedad y época. A continuación, emplazó sobre la redonda superficie del gramófono el disco correspondiente. Éste empezó a girar y Augusto colocó el brazo de la aguja sobre su surco, empezando a escuchar el concierto para violín y orquesta, que me magnetizó porque al sentir sus notas supe que había estado esperándolo desde tiempos inmemoriales.
Las reuniones sabatinas sucediéronse y ocurrió más adelante lo que por lo general acaece: cada semana éramos menos los que asistíamos. Cuando quedamos sólo unos cinco o seis, o quizás siete, aprovechando Augusto amistades de sus tiempos de cantante -en su día ganador del Concurso Nacional de Canto Gran Caruso, donde representó al Perú en Brasil (1951)-, consiguió entradas libres de pago para el Teatro Municipal, gratis, sin costo alguno para los alumnos, y nos llevó en grupo con el propósito que nos habituásemos con el mundo artístico y la música. Así, las clases que se forjaron en abril de 1956 en el Colegio Santa Margarita del Callao continuaron en el aula del Teatro Municipal. Fue la primera vez que mis compañeros y yo entramos en un teatro, práctica que continuó religiosamente, hasta que nuestras filas fueron cada vez más ralas, más desiertas, y no quedó más que una persona: yo.
Recuerdo aquel día que me dijo:
- Ricardo ... en fecha próxima tocará en Lima el violinista boliviano Jaime Laredo, joven de 16 años, virtuoso del violín, quien justamente interpretará el concierto de Tchaikovski, ése que a ti tanto te gusta, ... ¿te interesa? ... ¿quieres ir?
Mi respuesta fue inmediata y positiva.
Llegado que hubo el esperado día, me puse terno y corbatita para la ocasión, y, en la Plazuela de la Independencia, frente a la Fortaleza del Real Felipe tomamos el colectivo que nos llevaría a Lima. Al partir, de la forma que él solía hacerlo, abriendo ojos tan redondos como pudo, miró a un lado y a otro como para que nadie oyera el tremebumbo misterio que tenía que revelarme, púsose el dedo índice en los labios, sin duda para asordinar las palabras, por mucho que nadie estuviera cerca nuestro en ese instante y, como si me hiciera partícipe de un arcano secreto que sólo él sabía, me confió:
- Antes de ir al teatro pasaremos por la casa de mi maestra Elvira ... Quiero que la conozcas y ella te conozca a ti...
              Plazuela Independencia - Paradero de Colectivos Lima-Callao 1963 /Colección Humberto Currarino - El Callao.   
Obsérvese al fondo, a la derecha, el magnífico edifico de la Municipalidad del Callao
Su maestra Elvira era chilena hermosísima, atractiva, muy femenina, tez rosada y ojos verdes, mujer que había traspasado los cuarenta sin llegar aún a los cincuenta. Radicaba en el Perú dedicada a la música, como excelente pianista que era. Elvira vivía a escasos metros de la Plaza Dos de Mayo de Lima, en un edificio cercano del de las Empresas Eléctricas. Subimos a su piso, tocamos la puerta de su departamento, nos abrió e ingresamos en él. La recuerdo sonriente, simpatiquísima, exquisita en su trato, refinada, culta. En algunos momentos ella y Augusto miscelanearon sus diálogos en italiano. Ambos eran gente de música, personas con sensibilidad artística. Recuerdo que ella se puso al piano, y así, como ensayando, interpretó el fragmento de una pieza clásica muy de acorde con el momento. Tomamos la once, y con tan agradable lastre estomacal nos despedimos, y Augusto y yo fuímonos caminando hasta el Teatro Municipal.
Jaime Laredo, efectivamente, era hombre muy joven; no había dejado de ser muchacho. Nació en Cochabamba, Bolivia, en 1941. Su figura era más bien gruesa que delgada. Apareció en el escenario con su frac de rigor, con su corbatita michi, con gesto que era sonrisa de confianza, nada soberbio, demostrándole al público que se sentía feliz de estar allí y tocar para él. Luego de aplausos breves, poco prolongados, se colocó el violín debajo de la barbilla, tomó el arco y fugaz, muy fugazmente lo repasó sobre las cuatro cuerdas del instrumento; lo bajó y dio a entender que estaba satisfecho y que podíase empezar la función. El director levantó ambos brazos y, con la batuta en alto, la orquesta atacó con las primeras notas del concierto. Poco antes del minuto, puesto que tan sólo pasarían unos cincuenta segundos, en el instante oportuno Jaime Laredo, quien habíase colocado nuevamente el violín entre barbilla y hombro izquierdo, empezó a deslizar las cerdas de su arco sobre las cuerdas del instrumento, cuya caja –comunicadas ambas tapas por el alma que iba de la una a la otra– vibraba con la maravillosa melodía que ya yo conocía merced a las clases que Augusto nos había impartido. Los sonidos fluían logrando sorprendentes timbres, prodigiosas resonancias, singular dimensión.
Y llegó la apoteosis a los siete minutos: el instante cuando solista y orquesta confluyen al unísono en ese ataque arrebatador, apasionante, que para mí es cima y culmen de tan hermoso concierto, ímpetu y arrobo que se repitió dos minutos y medio después ... Prosiguieron. El final fue triunfante: hubo aplauso prolongado, prolongadísimo, que el violinista aceptó con múltiples venias. Llovieron flores. Le obsequiaron ramos. Se ausentó del escenario y retornó una y otra vez, hasta que de a pocos fueron apagándose las aclamaciones y el público empezó a retirarse del recinto. Mientras tanto, aproveché para correr con el programa en la mano, en el que figuraba su foto, y esperarlo antes que entrara en su camerino, y me lo autografiara, como así hizo.
La referida fue una de las muchas actuaciones en que Augusto y yo asistimos al Municipal. Otra de ellas me trae a la memoria cuando hizo su presentación en Lima el por entonces mejor intérprete de Federico Chopin: Witold Malcuzynski (1914–1977). Fue una matinal. Aquella vez el Teatro no se hallaba a tope, por lo que tuvimos ocasión de cambiarnos de asiento para captar expresiones desde distintos ángulos: la cara, la nuca, el perfil, las manos.
Hay nombres que no logro recordar, como el de dos músicos, franceses ambos, una mujer y un hombre, que en distintas épocas nos deleitaron por separado con su maestría. La mujer era una joven arpista, alta, espigada, esbelta, atractiva y sensual dentro de su aspecto recatado e inocente. Apareció sobre el escenario vestida de vaporoso traje largo, de tul azul tenue y transparente. Daba la impresión de tratarse de ninfa de lago septentrional, o náyade emergida de heladas aguas de laguna nórdica, o hada asomada inadvertidamente de bosques hiperbóreos abandonando unos instantes a sus duendes amigos, que quedaron esperándola escondidos detrás de los robles y abetos. Era un placer verla deslizar sus finos y largos dedos sobre las cuerdas del arpa, pellizcándolas y arrancándoles armonías insospechadas.
El otro de mi relato, el varón, de edad intermedia, tocaba la flauta travesera, flauta fabricada en oro. Fue la primera y única vez que he visto el oro transformado en flauta. Apareció sobre las tablas para ofrecernos música de Wolfgang Amadeus Mozart y de Nicolò Paganini.
Nuestras asistencias al Teatro Municipal y a los conciertos servían de lecciones prácticas para que Augusto me explicara los nombres y particularidades, el agrupamiento, orden, colocación y disposición de los instrumentos de cuerda, viento y percusión que intervenían, la posición del solista y la del director, que coordinaba toda aquella fiesta de tan divinos sonidos que nos daba sensación de riachuelos, de arroyuelos surgidos de mágicos manantiales, llevándolos a un cauce común, por el que discurrían ágiles hacia el auditorio, extasiándolo.
Poco después, en el año 1957 Augusto y yo fuimos al Cine Tacna a ver Los Diez Mandamientos, película dirigida por Cecil B. de Mille, con elenco de conocidísimas estrellas del celuloide, cinta, como recordará quienes la hayan visto, de tres horas y cuarenta minutos, cuya memoria he conservado con emoción y afecto.
Cine Tacna,  en la Avenida del mismo nombre en Lima
Un día Augusto me llamó. Púsose el dedo índice de la mano derecha sobre los labios, abriendo los ojos en redondo según he dejado ya registrado, y me dijo:
- Pupo ... Tengo una noticia para ti ... Pronto se presentará el Ballet Soviético en el Teatro Municipal, e interpretará El Lago de los Cisnes, ... ¿te interesa?
¡Claro que me interesaba! ... Era justo lo que había estado yo esperando. Así, llegado que hubo el día repetimos el viaje a Lima, la visita previa al departamento de Elvira, la once de costumbre: cafecito con leche, tostadas y mermelada, y la caminata hasta el Teatro Municipal.
La gente lo llenaba en platea, galería y balcón. El teatro estaba repleto. Se notaba expectativa y expectación. Por lo que recuerdo, no había puesto libre. Nosotros trepamos escaleras hasta balcón. Más arriba, en la cúspide de la sala, colindante con el cieloraso, con el techo, había una serie de covachuelas que Augusto me explicó destinadas para las personas que cumplían duelo, luto por la desaparición de algún ser querido. Hasta eso estaba colmado sin que allí hubiera deudos con dolor alguno sino gente pletórica de alegría por hallarse presente en ese punto geográfico. Tengo la imagen clara cuando nos sentamos junto a un italiano residente en el Perú (que era italiano lo supimos casi a continuación de llegar y acomodarnos junto a él), quien, haciendo tiempo antes que levantaran el telón, se puso a hablar con Augusto en su lengua materna, siendo uno de los temas el excelente calzado que Italia fabricaba. Para muestra y demostración este hijo de la Península Itálica levantose las bocamangas del pantalón y nos descubrió unos zapatos que seguían enteros luego de cuatro años de constante uso, según su propia declaración.
Se presentaba el Ballet Soviético al frente del cual hallábase su coreógrafo Vakhtang Chabukiani (1910–1992), quien por entonces era hombre de cuarenta y siete años. ... ¿Qué puedo agregar a lo que ya se ha dicho de conjunto y obra de tanta nombradía? Para mí fue todo maravilloso, y dejó huella en mi sensibilidad, en lo interior y lo profundo de mi corazón y de mi mente. Hago mención que poco antes de esta fecha había visto la película de El lago de los Cisnes, también soviética, en el Cine Bijou de Lima, adonde fui con mi amigo José Félix Ontaneda Ampuero, a quien siempre consideré maestro, y a quien tanto debo. En su debida oportunidad haré semblanza suya.
Años después, cuando cumplimentando una beca de estudios viví en la capital soviética (1967-1968), pude nuevamente ver El Lago de los Cisnes tanto en el Palacio de los Congresos del Kremlin como en El Gran Teatro de Moscú (Bolshoi Teatr). En febrero de 1968 lo gocé también en el Teatro Estonia (Tallinn).
Tampoco olvidaré la vez que ambos fuimos a ver El Sueño de una Noche de Verano, obra de Shakespeare montada en el Teatro Municipal por José Durand Flores. Recuerdo personajes como el duende Puck; la reina de las hadas, Titania; de Chicharrillo, Telaraña, Polilla, Mostaza y demás gente menuda deambulante por los bosques nórdicos.
Abriendo paréntesis para hacer un comentario adicional, su título completo en inglés vertido al castellano sería El Sueño de una Noche de Medio Verano. ¿Por qué de medio verano? La respuesta radica en que para los pueblos antiguos de esta parte de Europa el verano comenzaba el 01 de mayo y, consiguientemente, el medio verano era la noche y día de San Juan Bautista (23–24 de junio), época del año con noches blancas, con sucesos mágicos en las espesuras de los bosques, donde los geniecillos, elfos y espíritus traviesos mataperrean vivarachos por entre el follaje.
No puedo no dejar constancia de la ocasión en que fuimos a escuchar un concierto en el Club Lawn Tennis de la Exposición. Entramos por la primera cuadra de la Av. Salaverry. La orquesta ocupaba la concha acústica, y frente a ella se extendía un amplio jardín, entonces lleno por el público. Todo empezó normal. Poco antes que se incrementara la intensidad de la pieza musical, con voz queda le pregunté a Augusto:
- ¿Has visto que alguna vez se le volara la batuta al director?
- No –me contestó él–... jamás he visto tal cosa.
Ni siquiera transcurrieron tres minutos cuando por un movimiento enérgico del director salió volando la batuta por los aíres cayendo al jardín cercano. Segundos después, uno de los violinistas se levantó, la recogió del suelo y se la devolvió. Augusto volteó la cabeza, mirome y me dijo:
- Pupo ... ¡eres adivino!
Regresemos al Callao y al Colegio Italiano de aquellos tiempos de la juventud de Augusto.
Desde sus primeras clases notamos que durante ellas nuestro Maestro sacaba de una bolsa un termo con infusión de manzanilla, llantén o culén. Vaciaba parte del humeante contenido en el mismo vaso desenroscado que aseguraba el termo e iba sorbiéndolo a lo largo de la lección. No mucho después supimos que padecía de cierta úlcera estomacal. Pasado ya el tiempo, me enteró que esa indisposición habíala adquirido cuando él era adolescente: su madre exageraba las bondades del bicarbonato, y le obligaba tomarlo con más frecuencia de lo aconsejable.
Siendo, me parece, el año de 1958, Augusto me comunicó que se iría a Europa, concretamente a Italia, con ayuda de asignación otorgada por el gobierno del Perú. Objeto: seguir cursos relacionados con el bel canto. Su partida estaba prevista para fecha próxima.
Por entonces todavía la gente masivamente viajaba por mar, y él lo hizo en el Amerigo Vespucci, buque de pasajeros de la Società Italiana di Navegazione, que hacía la carrera entre Génova (Italia) y Valparaíso (Chile), tocando puertos intermedios, entre otros el de Colón –Canal de Panamá–, Guayaquil y El Callao.
Para la fecha indicada fuimos al muelle a despedirlo. El buque, de casco y cubierta blancos, se hallaba acoderado a uno de los espigones, bien amarrado con gruesos cabos a las varias bitas previstas para tal efecto. Había verdadera muchedumbre de viajeros, y más aún de todos aquellos que se personaron para desearles suerte y pronto retorno. La madre de Augusto lloraba desconsolada y se sujetó a él en los momentos previos a que éste ascendiera a bordo por las escalerillas del barco. Eudoro, hermano mayor de Augusto, la consolaba diciéndole que lo dejara ir, que nada le pasaría, que iba a estudiar y que la lejanía le convendría para su propia madurez:
- Deja al muchacho, mamá ... ¡que se vaya para que se haga hombre!, la animó –cariñosa reconvención que no logró serenarla–.
Entre nosotros, un tanto perdida en el grupo, llorosa, discreta, vertiendo lágrimas en silencio, dominada por tristeza estoica disimulada por mohín que quería aparentar sonrisa, hallábase la maestra Elvira, la de las visitas en su departamento, con conversaciones en italiano, con música de piano y onces con tostadas untadas de mermelada, que antecedían a nuestras asistencias al Teatro Municipal. Fue la suya un adiós con más mensajes visuales y ópticos que orales. Al final, Augusto se abrazó con todos nosotros y subió las escalerillas colocándose en la amurada de la nave junto con los demás pasajeros, posición en la que se quedó hasta que ésta soltó cabos, fue separada del espigón por los remolcadores, y partió dirigiendo su singladura hacia el norte.
Aparte de este viaje Augusto realizó otros dos a Europa. En el primero de ellos regresó con una barba espesa, tupida, larga, que le hubiera dado aspecto de artista renacentista de no haber parecido más musulmán de siglo XX. Vino con una colección de pipas italianas, fumando tabaco holandés: Clan, Amsterdamer o Amphora. De allí fue que, cuando dejó de trabajar en El Callao y emigró a Lima, sus alumnos del Carmelita lo apodaron con el sobrenombre de Pipo. En el Santa Margarita del Callao únicamente se le conoció como Beethoven.
En el tercer y último desplazamiento a Europa no trajo pipas ni tabaco sino un frío persistente en la imaginación, ello porque el avión tomó ruta que pasó por Reykjavik (Islandia) ...:
- ¡Qué desolado, Pupo! ... ¡Qué terrible! ... ¡Qué frío tan espantoso! ... ¡No sé cómo puede vivir la gente allí! ... ¡Pobrecita!
Aparte de su actividad docente, con Rafael Prieto Velarde al piano, y el checo Josef Mezsaros al cello, Augusto formó un trío. El trío presentose también en la sala del Concejo distrital de Miraflores: El miércoles 29 de marzo (1967) lo hizo con música de I. B. Marcelo, Giuseppe Domenico Scarlatti y J. S. Bach, y, en el mismo lugar, unas semanas después, el domingo 7 de mayo, con variado programa de creaciones de Scarlatti, Monthreuil, Cotin, Lulli, Gluck, Marais, Monteverdi, Gasparini y Mozart.
El viernes 8 de noviembre y domingo 10 del mismo mes (1968), con la Orquesta Sinfónica Nacional, bajo la dirección del maestro José Carlos Santos, en La Casa de la Cultura del Perú cantó piezas de Mendelssohn, Mozart y Schostakovitch.
Retorno al método de enseñanza de nuestro inolvidable Maestro: Augusto fue siempre partidario que el adiestramiento del educando debía impartirse paralelamente en el ámbito teórico y práctico, para lo cual convirtió en costumbre las visitas a cuanto objeto pudiera servir para tales fines, como recorridos por calles, plazas y plazuelas; visitas a iglesias, casonas, bibliotecas, museos, pinacotecas, galerías, salas de exposiciones donde se exhibiera colecciones que contribuyeran a la formación integral de sus alumnos. De esto pueden dar fe todos aquéllos que tuvieron la fortuna de estudiar bajo su dirección. No contento con ello, años después, cuando se desempeñaba de profesor en el Colegio de los Carmelitas de nuestra capital, donde montó obras teatrales y zarzuelas, se dio a la tarea de escribir un libro, el que apareció una sola vez, la primera edición, que se terminó de imprimir en Lima el 13 de mayo de 1983 y llevó por título: APRECIACIÓN ARTÍSTICA. Curso dictado en el Colegio "Nuestra Señora del Carmen" para la Sección Secundaria. Encabézalo dedicación lacónica: A mis alumnos.
Todo libro, estudio, artículo o lo que fuere salidos del pensamiento y de las manos de los hombres será siempre incompleto, pero en relación con su propio autor alcanzará definitivo remate y acabado sólo con la muerte de éste. Así también podemos decir de nuestras narraciones, como la presente: vendrán otros y complementarán los testimonios y/o nos ofrecerán nuevos, inéditos; enfocarán aspectos que por olvido, ceñimiento al plan establecido, descuido o limitaciones de espacio y tiempo, o desconocimiento, dejamos de tomar en cuenta y de registrarlos. Éstos los completarán, perfeccionarán y enriquecerán. No obstante ello, independientemente de lo imperfecto de mi trabajo, sostengo, reclamo y reivindico el derecho de primogenitura de discípulo suyo.
El coro mixto de la Escuela Elemental, organizado por el profesor Augusto del Prado (de espaldas, con terno
oscuro, a nuestra derecha).
Al piano la señora doña Luisa Brambilla de Altet

Ricardo E. Mateo Durand
Miércoles 18 de abril de 2012
Tartu – Estonia
El Callao – Perú



domingo, mayo 6

Narraciones Porteñas : Manguerón

MANGUERÓN


En homenaje a mi Maestro
don Jorge García Trece
quien el domingo 01 de abril de 2012 cumplió el quincuagésimo séptimo aniversario del inicio de su apostolado docente
Existe la creencia por parte de algunos, errada por cierto, que los apodos son sinónimos de agravio, de escarnio, de mofa o burla. Tengo para mí, sin embargo, que pueden ser manifestación de aprecio y cariño. En este sentido, garantizo que me siento confiado asegurando que por lo general el mote o remoquete con que los alumnos bautizan a sus maestros, si bien resaltan un rasgo físico o moral destacable de la persona objeto del calificativo, refleja, igualmente, estima, respeto y afectividad, que logran eco a través del apelativo que los más traviesos de la clase apellidan a quienes tienen en sus manos la importantísima tarea de colaborar con el hogar y formarlos espiritual e intelectualmente.
A modo de preámbulo diré que recuerdo a un excelente maestro que tuve cuando estudié en Moscú (1967-1968), a quien le decían El Eléctrico. Me daría por vencido si tuviera que decir su nombre, patronímico y apellido, ya que no me acuerdo de ninguno de ellos. El Eléctrico era hombre joven, en mitad de la treintena, delgado, espigado, elegante, de estatura más alta que el promedio, y de mucha preparación, ciencia y sabiduría. El sobrenombre le venía porque era dueño de ágiles y breves movimientos corporales cuando explicaba sus magníficas lecciones de economía, mientras observaba erguido y con concentrada atención a su auditorio, sin que se le escapara ninguna cara, ningún gesto, ningún meneo de nadie, a la vez que con los dedos índice y medio de la derecha tamborileaba encima de su palma de la siniestra mano. Todo eso lo hacía, remarco, acompañado de inspección penetrante detrás de los anteojos claros que usaba, con pupilas como estimuladas no por corriente continua sino alterna, desprendiendo descargas de insospechada energía. Todo El Eléctrico daba la impresión de ser un rayo globular cargado de contundente potencia, que pujaba y pugnaba por manifestarse y, cuando así sucedía lo hacía de manera afable y amistosa, con sonrisa condescendiente. Dicho esto vayamos donde Manguerón.
Lo vi por primera vez el primer día de clase de 1959. Luego de cinco años de estudios, desde 1954 al 1958 en el Colegio Italiano Santa Margarita, retorné al San José de los Hermanos Maristas para hacer el tercero, cuarto y quinto de secundaria. Como con anterioridad había hecho el primero y segundo de primaria en los Maristas, volví para estudiar en la misma escuela los tres últimos de secundaria que me quedaban. Con ello completé un lustro en una y un lustro en la otra, por lo que con pleno derecho me considero ex alumno de ambas.
No bien llegado que hube al colegio ese 1 de abril de 1959, en el patio de secundaria me encontré con mi querido amigo Augusto César Hoyos Velarde -fallecido algunos años después de egresados-, y nos pusimos a conversar, circunstancia en que Augusto César se encargó de ponerme al día con los maestros laicos y religiosos que por ahí discurrían, haciéndome comentarios de los cursos y de sus profesores titulares, que eran los responsables de la clase. En eso divisamos un grupo de muchachos que rodeaban a uno, charlando todos animada, amigablemente. Era éste persona con las características físicas de El Eléctrico moscovita, si bien sería mejor decirle al Eléctrico el Manguerón ruso, puesto que fue al Manguerón chalaco a quien conocí antes.
Retomando la conversación digo, pues, que el diálogo en el patio desenvolvíase divertido, entretenido, ágil. Se veía que entre todos, maestro y alumnos, existía confianza. Augusto César, con gesto coordinado de mano y cara me indicó en esa dirección y agregó:
-Ése, Ricardo, es el profesor Jorge García Trece. Es maestro de Historia Universal. Sus clases son extraordinarias. Le dicen Manguerón, pero no se te ocurra decírselo tú ni le metas vicio en su clase, porque es muy severo y en sus lecciones nadie molesta ... Ya lo muchachos lo saben ... Tú mismo lo comprobarás.
- Agradezco la advertencia, Augusto César, pero he de confirmarte que jamás meto vicio en clase. Siempre traté de comportarme bien. Por experiencia propia y dolorosa sé que me pescan con las manos en la masa cuantas veces sucumbí a la incitación de los compañeros, que fueron como en dos ocasiones. Desde entonces no me importa que me tilden de patero, sobón, franela ni escobilla porque nada de eso soy.
Nuestro intercambio de experiencias tomó otros rumbos hasta que tocó la campana del inicio del primer día de clases del mencionado año de 1959.
Todo fue que oímos el repiqueteo de la campana y el patio completo se puso en movimiento, donde sin dificultad cada uno encontró su fila respectiva, cuando la cara de Manguerón sufrió una transformación instantánea, repentina, radical. De distendida y risueña mutose en seria, muy seria, grave y severa, e inclusive, diría yo, hasta con gesto de combativa acometividad en boca y ojos, con un no sé qué de militar belicosidad.
A los pocos días, como sucede con los jóvenes, ya me había adaptado completamente a las clases con los antiguos compañeros de estudios de los primeros años de primaria, así como con los profesores, con quienes, querramos o no, se verifica ese examen y conocimiento recíprocos, esa exploración con pasaje de ida y vuelta.
Uno de los Hermanos religiosos, que fue precisamente el titular de la clase, apreciadísimo por nosotros, se llamaba Ubaldo Liquete Diez ... Si teníamos un diez, ¿por qué no también un trece? ... El profesor Jorge García Trece se había ganado el apodo de Manguerón por la esbeltez y prestancia de su persona. Hombre lúcido, amplio, lógico y brillante, sus clases resultaban interesantes en grado sumo.
Sería en el penúltimo o en el último año de secundaria cuando en cierta ocasión, antes de finalizar la hora, nuestro Maestro nos dijo más o menos así:
- Señores: Hay circunstancias en la vida donde se impone hablar en público. Antes o después comprobarán que eventualidades como éstas son inevitables,  resulta, por lo tanto, ineludible hacerles frente, y cuanto más preparados estemos para ellas, mejor. ... Hallándose uno ante el auditorio la reacción más típica, más generalizada es asustarse, atemorizarse, lo que se supera con práctica. Obviamente, hay que dominar el tema que uno trate. El resto es como conversar con los amigos ... ¿Quién se amilana de hablar con los compañeros? ... ¡Nadie! ... Así, pues, desde la próxima clase empezaremos a acostumbrarnos en este sentido ... Cada uno elegirá el asunto que más le agrade ... Por acá pasarán todos ... Ahora nombraré a tres de ustedes: para la próxima vendrán con su tema listo para exponerlo  ...
Llegado a este punto, añadiéndole nuevas arrugas a la frente paseó la mirada por el registro de nombres y mencionó tres apellidos, entre los cuales estaba el mío:
- Para ver ... usted, fulanito; usted, menganito; usted, Mateo.
Acto seguido, con la regla que sostenía en la mano derecha dio dos golpes sobre el pupitre y nos despidió.
Las primeras horas, y posiblemente hasta el día siguiente fueron para pensar sobre qué o quién hablaría, y como por aquellas semanas habíamos estudiado la reforma religiosa alemana, el movimiento luterano y sus personajes principales, las 95 tesis del cuestionamiento de Martín Lutero hacia el poder y eficacia de las indulgencias, me decidí por el ex monje agustino.
Llegado que hubo el día de la verdad, con paso lento, haciendo como si estuviese lleno de confianza, salí al frente de la clase y con la cara hacia ella expuse lo que había leído. Nadie me interrumpió, ni siquiera Manguerón, que escuchó mi exposición hasta el final. Cuando hube concluido me dijo:
- Oiga usted, Mateo ... ¿De dónde ha sacado todo eso que nos ha hablado?
- Del libro de historia -le respondí-,
- Sí, ya lo sé ... Por ello mismo, si usted repara, se dará cuenta que no nos ha dicho nada nuevo de lo que ya sabemos. La gracia está en que aprendamos todos, en que uno mismo estudie, investigue y se instruya, y sepa enseñarle a los
demás ... Mire: esta no se la valgo ... Usted tendrá que preparar un nuevo tema y salir otra vez la próxima semana.
Podría pensarse que debía sentirme avergonzado, defraudado, decepcionado conmigo mismo, pero no, no ocurrió nada de eso. Manguerón lo dijo todo con tanta naturalidad que me fui a mi asiento fortalecido y dispuesto a aceptar la invitación.
Luego de seleccionar a algunos personajes de distintas procedencias y culturas, me decidí por el escritor francés Víctor Hugo (1802-1885), de quien me ocupé en reunir artículos de la enciclopedia, del Tesoro de la Juventud, y de algunas otras fuentes a mano. Cuando a la semana siguiente llegó mi turno, salí confiado, seguro que todo iría bien. Me sentía un Demóstenes estando, por supuesto, lejísimos de este modelo. Expuse mi tema por espacio de los minutos que cada cual tenía para desarrollarlo. Posiblemente hubo preguntas, en todo caso, concluida mi participación, Manguerón con su gesto serio de costumbre agradeció breve y escuetamente indicándome mi asiento.
Unas semanas después, cuando todos hubimos hecho uso de la palabra, Manguerón nombró los tres mejores temas y participaciones, entre los cuales estaba los míos.
Transcurrieron varios años, y fui a visitar el Perú. Estando una vez en Lima -sería el 1974-, en la Calle Camaná, cerca de la Plaza Francia, vi que alguien cruzaba de acera a acera. Era un hombre espigado, bien puesto, perpendicular, resuelto, enérgico, con un portafolio bien sujeto sobre el pecho con su mano derecha. Daba la impresión de ser un jurista dirigiéndose al Palacio de Justicia. No era el paso dinámico de un civil sino la marcha resolutiva de un soldado. Quise pasarle la voz, mas aparte de la distancia que había desde donde yo estaba, todo en él indicaba premura, urgencia, diligencia extrema. Hubieron de transcurrir otros treinta años para tener la ocasión de ver a nuestro apreciado Profesor Jorge García Trece y conversar él.
Pertenezco a una época interesante, altamente significativa para el desarrollo social y espiritual de la humanidad (creo que así pensamos todos de nosotros y de nuestro tiempo). Nací en el mismo año de la finalización de la Segunda Guerra Mundial, lapso a partir del cual se experimentó aceleradamente la disolución del sistema colonial, si bien los países dominantes se dieron maña para cosmetizar y perpetuar su influencia. Por su parte, pueblos relativamente pequeños, como Vietnam, casi de manera ininterrumpida contribuyó con su esfuerzo y cuota de sacrificio en la mencionada dirección derrotando a dos grandes potencias, logrando su propia unificación nacional y estatal. Hablo de hechos, no de simpatías ni de antipatías. La ciencia, en los más diversos campos del conocimiento, algunos insospechados hasta entonces, logró resultados trascendentales. El hombre venció la gravedad terrestre y salió a los espacios siderales. Aparte de revoluciones socio-económicas, se verificaron otras, como la de la revolución en la comunicación e información, globalizando al mundo, dando como resultado la superación de obstáculos objetivos, como son el tiempo y la distancia. Surgieron y desaparecieron imperios. Las contradicciones y discordias de las potencias alcanzaron puntos elevados originando nuevos conflictos, resolviéndose algunos con la lucha y sufrimiento de terceros países, entre pueblos periféricos. Países productores de energía, como los petroleros, utilizaron sus recursos para lograr nuevos equilibrios. Hasta la crisis del petróleo tuvimos la sensación que el mundo se desenvolvía de manera ascendente y sin demasiadas obstrucciones, pero nos equivocamos porque el ámbito de las realidades impone sus condiciones. Hasta entonces sistemas o formaciones socio-económicas, religiones o iglesias, ideologías o doctrinas habían sido estables, inalterables, constantes, duraderos, milenarios. Ingresamos, sin embargo, en épocas en que todo se trastoca, altera, evoluciona rápidamente; donde la tendencia general de progreso evidénciase manifestándose en el fortalecimiento de la heterodoxia, de las divergencias, de las herejías. Aparentes triunfos se convierten en fracasos reales y fracasos aparentes, en indiscutibles conquistas, y así sucesivamente, donde lo básico, esencial y vital apunta a la emancipación del espíritu e intelecto humanos relegándose lo dogmático y  fortaleciéndose la libertad del pensamiento.
El mundo podrá cambiar, y de hecho cambia querramos o no, pero para mí siempre serán de validez y vigencia perennes mis Maestros - incluyendo aquellos otros que no lo fueron en la escuela, sino fuera de ella: José Félix Ontaneda Ampuero, Pedro Brígido Velasco Rubio, y Luis Enrique Bazo Risco -. Para mí siempre serán actuales Augusto del Prado Pacheco (Beethoven para unos, Pipo para otros); Jorge Lizarbe Valiente (Pan de Familia); Antonio Soldano (Cabeza de Toro); Víctor Delfín Ramírez (Garlopín); Marciano Méndez Contreras (Panadero); Gustavo Vélez Zapata (Gustavito); los Hermanos Maristas Felipe Luis y Pablo Nicolás; Jorge García Trece (Manguerón) y otros, personalidades no sólo notables en el ámbito intelectual y docente, sino también genuinas y auténticas potencias ético-morales

Ricardo E. Mateo Durand
Tartu - Estonia
El Callao - Perú
Domingo 01 de abril de 2012

martes, mayo 1

Callao Historia : El Callao y las luchas por las 8 horas


EL CALLAO Y LAS LUCHAS POR LAS 8 HORAS



Al final del siglo XIX, ya se podía distinguir con claridad, quién había sido el verdadero triunfador de la GUERRA DEL PACIFÍCO: emergía nítida la presencia ECONÓMICA de Inglaterra, como el principal beneficiado de esta cruenta guerra.

Contralaban el Puerto del Callao, y la mayoría de puertos del Pacífico y el Atlántico, puerta obligada de entrada y salida de bienes y recursos para el comercio internacional. A la vez, la demanda mundial se centraba en dos apetecidas gemas de la época, productos de estas tierras y, codiciadas en el mercado europeo y norteamericano, el ALGODÓN y el AZÚCAR, que los barcos ingleses llevaban, distribuían, comercializaban y beneficiaban de las inmensas ganancias.

La CASA GRACE y la DAVID DUNCAN operaban tanto en El Callao como en Valparaíso, y monopolizaban las importaciones y exportaciones
El Perú, durante el virreinato no tenía INDUSTRIA nativa, y se les permitía a los peruanos y extranjeros radicados sólo productos artesanales, prohibiendo toda inmersión en la manufactura tecnificada, que era privilegio de España para su comercialización y distribución de sus productos de España y de Europa al Perú .
Así, nos recibió la República después de la independencia colonial; y así, permaneció mucho tiempo hasta ya fines del siglo XIX
Con el empuje industrial en Europa, las maquinas de vapor y ferrocarriles, parte de la tecnología de los tiempos se estableció en nuestras costas, siendo la TEXTIL la más importante y productiva en orden a la maquinaria existente; con ella, en el Perú de la época coexistían las fábricas de velas, galleterías, panaderías e imprenta.


Siendo así que con la maquinaria si bien llegó un avance, también se amplió la sobre-explotación: los trabajadores laboraban en horarios mayores de 14-16 horas, ello con beneficios nulos ni atención sanitaria, que era crítica, con maquinarias pesadas, y trabajando a producción completa.
Desapareciendo ya la población artesanal y comercial de nuestras costas, el movimiento del comercio absorbía toda la mano de obra, y las condiciones de trabajo se hacían insostenible por los accidentes, muertes, maltrato a los obreros y operarios; tanto en el PUERTO del Callao como en la zona industrial de Vitarte, y la costa norte agrícola por excelencia (Fuentes del azúcar-algodón para el extranjero).
Ya desde finales del siglo XIX las corrientes de pensamiento ANARQUISTA se hicieron sentir en nuestra playas, y en ellas, dentro del sector obrero, son los inmigrantes italianos pobres y/o exilados los encargados de la propagacion de estas ideas, y, por el lado intelectual, MANUEL GONZÁLES PRADA se convierte en el filósofo, pensador y crítico del sistema existente, naciendo así las luchas obreras en nuestro país.
Si bien el movimiento anarquista llevo sus luchas desde los 1890 hacia adelante, fue en el 1904 cuando los TRABAJADORES PORTUARIOS del CALLAO movilizan a trabajadores de fábricas aledañas y, con un paro del PUERTO, hacen conocer sus demandas al gobierno de turno, reclamaciones entre cuyas exigencias figuraban ASISTENCIA MÉDICA por enfermedad e INDEMNIZACIONES por accidentes de trabajo. Ya en Lima desde 1896 los trabajadores de VITARTE habían incluído entre sus exigencias la ley laboral de las 8 horas, que también fue bandera de los chalacos en el 1904.
Puerto de Fleteros en el Muelle Darsena / Archivo Humberto Currarino – del Callao
Por motivos de pliegos laborales y demandas el paro duró casi 30 días, con las correspondientes represión del gobierno y detención de líderes y trabajadores, hasta que en una manifestación reprimida a sable y a tiros CAE el obrero FLORENCIO ALIAGA, chalaco, convirtiéndose en la primera víctima del Perú.
Los portuarios chalacos del DÁRSENA exigían mejoras salariales, jornada de ocho horas. Un año después en VITARTE, el 01de MAYO, la FEDERACIÓN DE OBREROS PANADEROS “ESTRELLA DEL SUR” reivindica el sacrificio del compañero caído en el mismo homenaje a los mártires de Chicago
Fue este movimiento en el CALLAO que se selló con un triunfo parcial a sus demandas, el que motivó para acrecentar la organización obrera y la difusión de ideas. Las luchas continuaron y se ampliaron en todo el Perú, hasta que un 13 de enero de 1919, en LIMA, El CALLAO y casi todo el Perú, a partir de las 04.00 de la mañana, se inicia un PARO GENERAL .
Tráfico paralizado, cerradas fábricas y talleres, enfrentamientos sangrientos, con muchos heridos de por medio; se sabotea el alumbrado; todos los puertos del país quedan inmovilizados.
Ante esta circunstancia, el gobierno expide un DECRETO SUPREMO proclamando para todo el país LA JORNADA LABORAL DE 8 HORAS.

Va con esta reseña mi homenaje más sentido a todo el pueblo peruano luchador, que hoy ha perdido muchos de los beneficios alcanzados por los trabajadores que nos precedieron.
Jornaleros Portuarios del Muelle Darsena / Archivo Humberto Currarino – del Callao
Sé, y comparto el esfuerzo en todo el país, por la derogatoria al trabajo eventual, establecido por el neoliberalismo de Fujimori, y sostenido hasta la fecha: recortes de derechos en la jubilación e inestabilidad del trabajo, más los abusos actuales por las contrataciones temporales
¡Por un Perú con oportunidades para todos!,

¡¡CHIN PUM CALLAO!!, por momentos mejores
Darío Alberto Zúñiga Bustamante
Vecino de LA PERLA
desde Toronto-Canadá


lunes, abril 30

Callao Historia : El 1ro. de Mayo y la Jornada de las 8 horas en la Historia del Callao


El 1ro. de Mayo y la Jornada de las 8 horas en la Historia del Callao

Desde 1904 se había acentuado en el Primer Puerto la lucha por mejores condiciones de trabajo y salarios adecuados. El poder adquisitivo de la moneda se deterioraba día a día a causa del alza desmedida de las subsistencias y lo que se ganaba afectaba principalmente a la clase obrera.
Fleteros en el Muelle Darsena / Archivo de Imágenes:  Humberto Curarrino - del Callao
En el puerto, según Glicerio Tassara en un artículo publicado en Los Parias, el jornal era así: S/.1.30 a 2.00 percibían los obreros de la factoría Guadalupe; S/.2.30 los del Muelle y Dársena; S/.1.20 los de El Águila, aunque había también en este último caso, según la posición que ocupaban en la empresa, quienes ganaban S/.1.40 y S/.3.00. El jornal más bajo sin embargo no alcanzaba para hacer frente a los gastos que ocasionaba mantener una familia compuesta por tres y cuatro personas.
Muelle Darsena en 1930 aproximadamente / Archivo de Imágen: Milciadez Nieto Pérez - La Punta

Ese año de 1904 los trabajadores decidieron declararse en huelga. Era el 1º de Mayo y sus iniciadores fueron los jornaleros del muelle. A ellos se plegaron los gavieros, los servidores del ferrocarril Inglés y de la factoría El Águila. Hubo reuniones con el prefecto, con los representantes de las compañías navieras y de todos aquellos que de una u otra manera estaban involucrados en el problema. El 2 de Mayo recibieron apoyo del gremio de panaderos Estrella del Perú. La Cámara de Comercio, ante la evolución de los acontecimientos, intervino en el afán de solucionar el conflicto y, el gobierno, a través de uno de sus ministros, hizo conocer su posición. Al correr de los días, el 19, hubo disturbios en las calles y el 20 el general Andrés Avelino Cáceres –ex presidente de la República y héroe de la Campaña de la Breña – viajó al Callao para comunicar a los huelguistas que el problema se había solucionado. Hubo mejoras en los salarios, pero el horario quedó inamovible.
Mitin de los Jornaleros frente a la Prefectura en el Jirón Constitución

Archivo Humberto Currarino - del Callao
En 1912, en el mes de noviembre, la Unión General de Jornaleros del Callao y la Federación Obrera Regional del Perú (esta con sede en Lima), plantearon serios reclamos por los excesivos horarios de trabajo. Sus puntos de vista fueron expuestos en el Teatro Municipal del Puerto.
El 15 de diciembre se llevó a cabo otra asamblea en la Carpa de moda (ubicada en la Plazuela Casanave – Óvalo del Callao), y el día 25, tuvo lugar una tercera reunión. Tal era el ambiente cuando el 5 de enero de 1913 se dejó escuchar el pedido de 8 horas de trabajo y no 12, como se venía exigiendo a los trabajadores.

Cinema "La Gran Carpa" ubicado en la Plazuela Casanave "Ovalo Callao" a inicios del siglo XX
El 7 de Enero de 1913, los estibadores se declararon en huelga y en el art. 20 de su pliego de reclamos pedían la “IMPLANTACIÓN DE LA JORNADA DE OCHO HORAS” Las Cías de Vapores se reunieron en el local de la Cia Inglesa para contemplar los 11 puntos que contenía dicho pliego, y, en honor a la verdad, hay que decir que particularmente sobre el 2do. Punto, o sea la jornada de ocho horas, no hubo objeción alguna: la aceptaron de plano.
En carta dirigida al Presidente del Centro Unión de Estibadores, por los representantes de las Cías. de Vapores (no existía aún el Cte. de Empresas Navieras – que fue fundado en 1920 y publicado en “El Comercio” en la mañana del 7 – se lee lo siguiente:
Art. 2º.- Se aceptarán las ocho horas de trabajo siempre que los jornaleros se comprometan a comenzar sus operaciones en los lugares que sean designados, en tierra o en la bahía, de 7 a.m. en punto a 11 a.m. en punto y de 1 h. p.m. en punto a 5 h. p.m., que eran las horas de reglamento.
Trabajadores del Muelle Darsena / Archivo Humberto Currarino - del Callao
Y en un editorial de “El Comercio” del día 8, decía al respecto: “quieren los peones del Callao establecer la jornada de ocho horas; y este problema materia de discusiones y de exigencias, de simples anhelos y de meras expectativas del proletariado en pueblos de Europa y América más adelantados que el nuestro, se halla hoy, virtualmente resuelto  a favor de los trabajadores del Perú; pues como se sabe las empresas afectadas por la huelga del Callao se manifiestan dispuestas a aceptar la reducción de las 8 horas diarias.
La única que se opuso fue la Empresa del Muelle y Dársena amparada por el texto de su contrato, que fijaba 9 horas diarias de trabajo. La supresión de una hora, como es natural le irrogaba serios perjuicios.
La situación fue complicándose día a día y los estibadores, impertérritos en sus exigencias y amparados en parte en la delicada situación política que existía entonces, obtuvieron algunas adhesiones de otros centros de trabajo que se solidarizaron con ellos y a su vez presentaron sus respectivos pliegos de reclamos.
La amenaza del paro general se hizo evidente: se solucionaba un conflicto y al punto se presentaba otro. El tiempo transcurría y no había medio de llegar a una solución inmediata.
Se paralizó el trabajo marítimo. Algunas fábricas como la del Águila, la del FF. Central, la Cervecería Nacional y otras tuvieron que cerrar sus puertas.
Los obreros en Lima también comenzaron a moverse. Las Empresas Eléctricas suspendieron el tráfico, hubo huelga de motoristas y hasta faltó la luz y el agua. La agitación en las clases trabajadoras era cada vez más intensa y se hacía más grave. Se produjeron algunos actos de violencia, particularmente en la Plaza de abastos y, el estado de alarma era general.
Algunos mal intencionados prendieron fuego, en la noche, a dos o tres encomenderías de asiáticos en la Calle de Lima.
Con este problema que venía ya desde el año 1912 con ligeras alternativas, y con paralizaciones en el trabajo más o menos largas y bulliciosas, no había posibilidad de llegar a un acuerdo razonable y definitivo entre jefes y operarios.

Marchas de protesta en el Jirón Constitución 1912 / Archivo Humberto Currarino -  del Callao
Renunció entonces el prefecto del Callao Dr. Cárdenas García – por haber agotado, sin ningún resultado – decía él en su renuncia – todos los medios de avenimiento entre los patrones y obreros y el Gobierno se vio en la necesidad de nombrar en su reemplazo al teniente coronel Dn. Edgardo Arenas, que, a la sazón, desempeñaba la jefatura de la Artillería de Costa.
El Comandante Arenas adoptó medidas enérgicas, hizo conducir presos a bordo del Iquitos a los promotores de los escándalos y atentados cometidos, y se consiguió así que renaciese la tranquilidad y todos volviesen a sus labores habituales.
La Cámara de Comercio se hizo eco de la gratitud del Callao y, a nombre de este, ofreció un gran banquete al Prefecto Teniente Coronel Arenas, en el antiguo Club Inglés, al que concurrió un personal tan numeroso como distinguido.
En esa ocasión tocó también desempeñar papel muy importante al Cte.. –hoy General – Manuel Beingolea, como sub jefe, si mal no recuerdo, del grupo de artillería de Costa y Jefe de la Plaza habiendo contribuido poderosamente con sus medidas acertadas y enérgicas a la normalidad del tráfico.
Hechos los planteamientos ante las compañías navieras y los empresarios del Dársena, fueron rechazados por los gerentes. El día 7 se declaró la huelga ante la negativa de ser escuchados en su demanda de horarios, de mejores ingresos, de asistencia médica y otros.
Nuevos gremios apoyaron a los jornaleros mediante la creación de la Caja de Resistencia que les permitiese hacer frente a las necesidades cotidianas de sus hogares.  
El 10 de enero el presidente Guillermo Enrique Billinghurst Angulo (1851-1915) expidió una resolución que señalaba el nuevo horario de trabajo de 7 a.m. a 11 a.m. y de 1. P.m. a 5 p.m. El documento manifestaba:
Lima, 10 de enero de 1913
Vista la petición formulada por los jornaleros del Muelle Dársena del Callao; y encontrándose justificadas las razones que exponen, se resuelve:
Desde la fecha la descarga en el Muelle Dársena y en la bahía del Callao tendrá lugar durante los días útiles del año, desde las 07 am. hasta las 11 am.; y desde la 1 pm. hasta las 5 pm., derogándose en esta parte el artículo 31 del Reglamento aprobado por Resolución Suprema del 31 de mayo de 1875.
Regístrese, comuníquese, publíquese y archívese.
Rúbrica de su Excelencia.- Maldonado
Se consiguió:
a) aumento del 10% sobre los jornales;
b) horario de ocho horas de trabajo;
c) nombramiento de una comisión que formulase el proyecto de un reglamento de trabajo para carga y descarga; y
d) la reanudación de los trabajos que habían quedado paralizados a causa de la huelga.
Debemos decir sin embargo que la jornada de ocho horas, como queda expuesto, no se hizo extensiva para todos los trabajadores del Perú sino exclusivamente para los jornaleros del Callao.
Recopilación:
Marcial Pérez Ponce de León
Fuente de información:
Diario El Callao Edición Centenario del Callao 20 de Agosto de 1936
Revista Variedades 1913
El Callao su historia en imágenes 1993
Fondo de Publicaciones Dirección de Intereses Marítimos

 




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