domingo, marzo 18

Narraciones Porteñas : La Maestra

LA MAESTRA

Pasaba con frecuencia por la vereda de mi casa y nosotros la observábamos desde el balcón. Era una dama de elegante porte, y en hermosa madurez ya por entonces. Era mujer de hombros erguidos, tez blanca, ojos glaucos y cabellos de oro. La falda siempre de tonos atezados, casi faldón, poco más o menos le llegaba una cuarta de los tobillos, sobre la que lucía un abrigo negro. Usaba zapatos de tacón o taco, según las circunstancias. Caminaba ingrávida, evanescente, vaporosa, etérea como deslizándose por levitación. Ella y mi abuela Lucha se saludaban e intercambiaban palabras cuando coincidían en la calle. En la intimidad del hogar mi abuela pensaba en voz alta: ¡Cómo quisiera ser como ella, libre de ocupaciones domésticas, de preocupaciones de nietos, dueña y soberana del propio tiempo, y con amplias facilidades para emplearlo en lo que a una le gusta, en la lectura, en las artes, en el teatro, en la ópera, en los juegos florales!
Calle Libertad, Callao antiguo
La maestra – señorita, la llamaban los vecinos-, era soltera y, por lo tanto, jamás estuvo casada con nadie ni fue madre de vástago alguno. Todos los hijos que tuvo, que fueron innumerables, lo eran espirituales, habidos en el tálamo de las aulas escolares, concebidos y logrados sobre la tarima, a través de la docencia. La maestra vivía en un lugar indeterminado, impreciso y desdibujado que años después me enteré situado justo en la acera de la Calle Paraguay, frontal a la de Libertad.
Corrieron decenios. Era el año de 1984 y hallándome en El Callao decidí ir a buscarla para conversar y decirle que la conocía desde cuando yo era criatura. La maestra pertenecía al siglo XlX y era algo menor que mi abuela.
Toqué la puerta y me respondió un orfeón canino que ladraba y aullaba en todas las octavas. Había tenores, barítonos y bajos como sopranos, mezzosopranos y contraltos que en algazara ensordecedora emitían sus respectivas voces en concierto desconcertado. Los coros felinos quedaron ahogados ante tamaña barahúnda perruna. Abrióse la ventana y apareció una anciana de faz flácida, seca, de nariz delgada y huesuda, pero de fisonomía benévola y sonriente, aunque sorprendida. Me miró con detenimiento y me dí cuenta que hacía esfuerzos por encontrar en su memoria mi ficha archivada:
¿Si?
Cómo está, señora.... Seguramente usted no se acuerda de mí porque hace años que me mudé del Callao -le expliqué dónde vivía y quién era mi abuela-.
Sí, claro que me acuerdo de ella... Tengo entendido que falleció hace varios años; ... ¡lo siento! ... Discúlpame que no te deje entrar, pero aquí en casa tengo más de ochenta perros y ni yo misma sé cuántos gatos hay, ... unos y otros llegan cada día... son los abandonados, los desamparados de los alrededores y del Callao entero... me los traen y aquí encuentran cobijo. Hay una señora que viene cada día y me ayuda en las compras y a prepararles los alimentos, y de paso vigila que yo siga con vida y no me muera y me almuercen mis protegidos... ¿Que cómo los mantengo?: Mis padres al morir me dejaron unos inmuebles, y con lo que éstos me dan de renta, además de mi pensión de maestra, alcanza para todos nosotros, los de dos y los de cuatro patas.
Me interesé por su origen y procedencia.
- Soy -me respondió-, de un lugar de la Riviera italiana, de la región liguriana,... Yo era una niña de nueve o diez años cuando mi hermana mayor y su marido se vinieron al Perú para conocer la situación de primera mano y ver si había posibilidades de que emigrara toda la familia. A ellos les gustó El Callao, La Punta, Chucuito, donde existía ya una buena colonia de Italia, y nos escribieron expresándonos su entusiasmo por estas tierras, estos mares y estos cielos, que para nosotros fueron de promisión. Recuerdo todavía cuando mi familia empacó cuanto teníamos y era transportable, y nos embarcamos en el puerto de Génova - Zena, como se dice en dialecto genovés-... ¡Cómo lloraba yo al despedirme de mi barrio, de mi casa, de mis vecinos, de mis amiguitos sospechando que nunca más volvería a verlos! La navegación fue larga,... en aquella época todavía no se había construído el Canal de Panamá y había que bordear el sur del Continente,...¡Qué tormentas, Señor, qué tormentas! Por fin llegamos y vimos nuestro nuevo hogar,... Aquí murieron mis padres y mis hermanos, y yo, que soy la última, la menor, vivo todavía, pero ¡sábelo Dios por cuánto más!
Ella hablaba apoyada en el alféizar de su ventana, una de esas ventanas de vano ancho, de oquedad doble, de clásico corte y arquitectura chalacos, ¿qué sería El Callao sin sus ventanas seculares? Yo estaba sujeto a la reja de la parte exterior, de rancia fragua y forja. La escuchaba con sentimientos entrecruzados en amplia curvatura donde primaban melancólicas alegrías y ternuras dolorosas. Me imaginé los ajetreos de la mudanza, la despedida, la marcha, la separación perpetua, el adiós para siempre.
Poco después, ya de regreso en la región hiperbórea, recibí la noticia de su muerte... ¿Qué habrá sido de sus perros y sus gatos, de sus orfeones de cuatro patas? ¿Cuáles habrán sido sus últimos recuerdos y evocaciones de este mundo, de su Riviera liguriana y Mar Mediterráneo, de su casa y de aquellos amiguitos llorosos que en los primeros años del siglo la despidieron en el Puerto de Génova?
Afuera escucho la melodía de los pájaros de esta joven primavera, mientras se descubre el verdor nuevo de las hojas en las ramas de los árboles nódicos, de los bosques circundantes, de la fragancia de su fronda, del aroma de sus helechos, del húmedo bálsamo de sus musgos que me traen efluvios de esplendores equinocciales, y pienso en la maestra, de porte elegante y hermosa madurez, de hombros erguidos, tez blanca, ojos glaucos y cabellos de oro. La veo caminando ingrávida, evanescente, vaporosa, etérea, como deslizándose por levitación por la desigual vereda, bajo mi balcón natal.
Ricardo E. Mateo Durand
Primavera Boreal de 2010
Tartu
Estonia
 

domingo, marzo 11

Intituciones Chalacas : La Parroquia de La Punta

LA PARROQUIA DE LA PUNTA
La Iglesia de la actual parroquia de La Punta fue en el siglo ante pasado una modestísima capilla cuya fundación databa de la época colonial. No se ha esclarecido cuál fue la hermandad que fundó la capilla y, según unas versiones, se le atribuye a la de los padres Mercedarios. Otra versión afirma que los fundadores de la capilla fueron los padres Dominicos.
Archivo Humberto Currarino-El Callao
Lo que si hay de cierto es que la congregación de los padres Dominicos entabló juicio al Supremo Gobierno el año de 1923, reclamando ser propietaria de los terrenos de La Punta. Este juicio duró hasta el año 1928, en que el gobierno le reconoció derechos a la citada congregación y celebró un contrato de transacción, en el que pactó una indemnización por los lotes de terrenos vendidos al Estado y se le ministró posesión de los lotes no rematados.
El local que ocupa la capilla forma esquina con los jirones Gamarra y Sáenz Peña. Esta Capilla en 1900 apenas daba señal de vida, a causa de que la población de La Punta, compuesta por un reducido número de pescadores, no podía sostenerla. Empieza a recibir un precursor impulso en 1908, época en que la población va aumentando paulatinamente.
Archivo Humberto Currarino-El Callao
Se puede afirmar que la vida de la capilla ha marchado el ritmo del desenvolvimiento del hoy hermoso balneario. En 1910 la línea del servicio de transporte se extendió a la Punta, quedando en consecuencia unidos El Callao y La Punta. Prestaban útiles servicios para la temporada de baños unos coches halados por acémilas, cuyo trayecto salvaban en 15 minutos.
Archivo Humberto Currarino-El Callao
En el año 1914 se urbaniza La Punta. La sociedad y gentes de proporción construyen hermosos chalets y el balneario cobra una nueva vida de grandes perspectivas.
Archivo Humberto Currarino-El Callao


Hasta 1917 la Capilla de La Punta tiene la categoría de rectoría. Ese año se encarga del rectorado su entonces actual párroco R.P. Leocadio Mendoza.
Con la ayuda del gobierno que dona un terreno fiscal y la cooperación del vecindario, se emprenden los trabajos de ensanchamiento de la capilla. El local primitivo ocupaba la tercera parte de lo que hoy es la Parroquia. La iniciativa corresponde al R. P. Mendoza.
Ensanchando el local de la iglesia de La Punta el R. P. Mendoza, instituye la misa dominical.
Archivo Humberto Currarino-El Callao
Hasta el año 1924 la fiesta de La Cruz se celebraba con mucho entusiasmo por los católicos de La Punta. La simbólica Cruz de madera, que primitivamente estaba clavada al lado del casino y ahora a flor de agua, era extraída la víspera del primer domingo de mayo y conducida a la Iglesia de La Matriz, donde se celebraba a las 08.00 de la mañana del domingo una misa discantada. A las 11.00 a.m. era conducida la cruz procesionalmente a La Punta y a las 12.30 se celebraba en la capilla una solemne a todo rango, con sermón y orquesta completa.
En los años subsiguientes hasta la fecha de Fiesta de la Cruz se ha concretado en el mismo balneario.
Archivo Humberto Currarino-El Callao
La víspera del primer domingo de mayo es extraída la cruz de su plana y conducida a la Iglesia. A las 11.00 a.m. del domingo tiene lugar una misa solemne. A las dos de la tarde se realiza la procesión que recorre el jirón principal hasta ser colocada la cruz en su peana. Los fieles, para darle más realce a la procesión, queman cohetes y bombardas. También se celebra con mucha fastuosidad la fiesta del Corpus Cristi.
Volviendo a la escueta historia de la capilla de La Punta, esta fue ascendida a la categoría de Vice-parroquia por decreto arzobispal de 2 de Febrero de 1925. Por acuerdo Sinodal es elevada a la categoría de Parroquia el año 1927. En estas tres épocas ha estado al frente de la iglesia el R.P. Leocadio Mendoza.
La Iglesia de La Punta es la parroquia más pobre del país. Se mantiene con sus servidumbres debido al apoyo del vecindario y al talón del párroco.


COMPILADOR:
Marcial Pérez Ponce de León
Paita 187
Callao





Fuente:
Diario El Callao, Pág. 50 del 2 de Noviembre de 1933
Diario El Comercio, Pág. 13 del 11 de Noviembre de 1925












sábado, marzo 10

Narraciones Porteñas : Don Fausto el Vaporino


De las bodegas cerebrales y los pañoles evocativos más íntimos de mi niñez emerge su figura como nave avistada en el horizonte. Fue hombre que no sobrepasaba del metro 65 de puntal. Lucía calvicie avanzada, con exiguo saldo de pelo ensortijado y canoso circunvalante en su oscuro cráneo. Era negro chancayno, a la sazón octogenando ya como vaporino en tierra acoderado en El Callao. En ocasiones soltaba amarras de sus bitas abandonando permanentes espigones para visitar su tierra nativa, adonde una vez lo acompañé yéndonos en góndola pasamayina.
Lo tuve por vecino de mi hogar natal, allá donde Libertad y Paita convergen en el pubis de la pulpería del Chino de las Tres Puertas. Contumaz en solsticiales o equinocciales, impertérrito a frígidas humedades. Ocaseando la jornada salía para garbear por el alcázar e instalábase luego en la cofa de su vivienda, que quedaba a estribor de la mía. Oteaba lobregueces con ojos profundos. Esféricas fosas olfateaban con fruición las salobres brisas que nos llegaban de las inmensidades acuáticas.
Calle Libertad con Paita, Callao antiguo 1960 - Archivo Humberto Currarino-Callao

Extasiábale el vuelo de gaviotas, pelícanos, alcatraces, albatros, petreles, págalos pomarinos, charranes, pardelas capirotadas, o barnaclas obsequios de Hibernia, que planeaban por el cenít, revoloteaban por el acimut y aleteaban por el nadir.
Medía su existencia de proa a popa. Erguido, con los brazos en arco y como sujetando maronas con las manos, anudaba veredas y adoquinados en lento itinerario, como cuando por decenios lo hizo sobre la cubierta del barco o husmeando por los sollados. Estibado a conciencia, sin escorarse, guardaba equilibrios contra bamboleos y tormentas imaginarios: ¿Poseerían Putumayo o Bolivia, San Martín, Bolivar, Necochea, Castilla, Sucre, Miller o Gálvez, Constitución o la Calle Lima correntadas como las de Las Azores, o temporales como los del Báltico, o tifones como el Indico y los mares de China?
Caían las sombras y el firmamento tachonábase de estrellas consteladas. Las auscultaba absorto descifrando designios de los dioses. El cielo es libro abierto; más: una biblioteca con incalculables anaqueles y volúmenes; sólo hay que vadearlos para que nos insinuen sus secretos, como el barco mismo cuando por los años te haces ya parte suyo.
Fui marinero de cabotaje y de altura, me decía. He sido vaporino toda mi vida, y conozco el mar. Sé de la mar y de los barcos. No,... la navegación actual no es ya como aquélla de antes. Los barcos de hogaño son automóviles de agua que llevan y traen sin empeños, sin padecimientos, sin pugnas ni combates. Los marinos de antaño sí que éramos tales: a la hora que fuese aparecíamos en cubierta, vigilábamos que los aparejos estuvieran en orden: palos, vergas, velas. Trepábamos escalas. Palpábamos las jarcias de amarre, de arboladura, de labor,... ¡La arboladura,... cuántas dedicaciones!,... Desplegábamos o replegámos velas áuricas o cuadras con el tiempo que hiciese ¡Sí: los verdaderos hombres de mar salen de los veleros y el Perú debe tener el suyo propio para formar navegantes idóneos! No quedaba mástil de trinquete, mesana, contramesana, ni bauprés que se nos pasara por alto.
Archivo Humberto Currarino-Callao

He visto algo del mundo. Durante mi vida timoneé barloventando y sotaventando, por todos los piélagos, conociéndome los alisios, como si los tuviera acá -y me mostraba la blanca palma de la atezada mano-, orzando como mejor he podido, pero siempre recalé aquí en mi Callao. Si la escollera es adecuada buenos serán diques y muelles. Salté de flechaste en flechaste y hube de lastrame convenientemente para conservar el equilibrio. Daba sonda pero tampoco demasiado. Todo lo que necesitamos es vida sana; con buena quilla y sobrequilla. Con excelentes vagras, cuadernas, roda y codaste puédese mucho. Acódate en la amurada y observa: aprenderás de quebrantos y arrufos de mareas cotidianas. Navegarás a todo trapo o pondrás el buque al pairo, entre sargazos. Inclusive habrá derivas, mas nunca te faltará útiles turafallas para obstaculizar entradas acuosas ni imbornales para desaguarlas. No hagas ascos de chupeta donde guarecerte. Si de ciar se trata que sea por poco tiempo. Cuando lo precises echarás mano a sirgas, cabos, bolinas, drigas, obenques, escotas, relingas o calabres oportunos, o a cordel siquiera amarrado a fortuito lugre e, inlusive a esquife que te remolque por el mundo. Escudriña las filásticas para que no te falten magníficos calabrotes. Engrasa los motones y aprende el uso de trócolas, pastecas y cuadernales. En el Malecón diviértete con las lanchas ayudándose de bicheros al acercarse al dársena. No dejes trapas ni trincas sueltas. Quizás por ser criatura jamás me habló de ninguna cariátide de carne y hueso ni de mascarones de proa con silueta femeninas de senos prodigiosos y ombligos alucinantes y seductores.
Archivo Humberto Currarino-Callao

Lo escuchaba fascinado, empapándome de sus pretéritas travesías,... ¡Cuántas noches quedaron registradas en mi cuaderno de bitácora espiritual! Algo de monotonía había en su voz, pero ésta distaba de cansina, hasta que un día hundióse en los confines de los mares.
Han discurrido años y distancias, y esta alba tarde de níveo invierno boreálico tengo ante mis ojos un recordatorio negro atesorado, que abro y leo: No olvidéis en vuestras oraciones de rogar a Dios por el alma del que fue Fausto García A. Que falleció el 19 de enero de 1965
Recuerdo de sus amigos
Misa celebrada en la Iglesia Matriz
En el 1er mes de su fallecimiento
El Callao
19 de febrero de 1965.

Ricardo E. Mateo Durand
Tartu
Estonia
Viernes 19 de febrero de 2010
 

 


viernes, marzo 9

Narraciones Porteñas : Cantolao

CANTOLAO


Si llego y cuento los pasos sé que son exactamente siete al frente y dos a la derecha, y ahí, tal como ayer y antes de ayer y todos los días de todos los veranos que yo pueda recordar e imaginar, estarás recostado en una posición que debo admitir es cómoda para tus huesos pero no para los míos. Como fondo tendrás los cuatro fantasmas de hierro quejumbroso de lo que fue glorieta de casa de ricos.
¿Por qué insistes en retornar a este lugar? Alguna vez pensé que fuera una venganza o tal vez una comunión. De la glorieta queda tan poco y de la casa tan sólo el polvo salitroso de sus paredes. Pero las rejas de madera pintadas de verde están ahí, y ahora las vemos tú y yo, y aún tienen huellas de nuestras manos tantas veces apoyadas para ayudarnos a atisbar lo que ahora es un pampón sin nombre.

Ahora te reacomodas y las piedras cantan contigo, se corren, aquella grande se aleja, las pequeñas caen en la depresión que genera tu cuerpo al moverse, amoldándose a tu forma, acariciando tu contorno. Y tú las aceptas por que las reconoces y con tu mano las acaricias sintiendo su calor, viviendo su textura; eliges una que juega entre tus manos hasta que la arrojas al mar, siempre hacia el mar, no sea que rebote y golpee a algún inocente.
Y otra vez se produce el silencio de las olas que es el silencio para nosotros que somos sus cómplices y que compartimos diariamente su vaivén. Porque diariamente repetimos este rito, aunque para mí lo cotidiano se confunde y en esa confusión prefiero que me tomes de la mano y pueda sentir que la seguridad me viene a través de ese contacto y no de unos pies que apenas pueden sostener mi pequeño cuerpo, pero también sé que súbitamente puedo perder ese contacto, y entonces podré observar cómo eres tú el que trastabilla y que a pesar de tus ochenta o noventa o los que sea de años con que la sal de este mar te ha cubierto aun llegas al mismo lugar: siete pasos al frente y dos a la derecha.
Pero hoy, cuando tu cuerpo ya sea solamente sal y de tus manos queden solamente las escamas de los miles de peces que limpiaste en tu vida, yo debo continuar con el rito; pero no te preocupes que nuestro secreto está a salvo, nadie dará con él: el mar, nuestro cómplice de toda la vida, se llevó las piedras y las piedras que estaban debajo de las piedras y los cuatro fantasmas fueron a descansar de su purgatorio al fondo del mar. No queda huella ni rastro, sólo tú y yo sabemos que son siete al frente y dos a la derecha”.
Alejandro Estrada Mesinas. 
Mención honrosa en el concurso de Caretas Cuento de las mil palabras 1984

Foto: Archivo Humberto Currarino-Callao


miércoles, marzo 7

Narraciones Porteñas - El Pinguino Bailarín

EL PINGÜINO BAILARÍN
Cualquiera que haya tenido la suerte de nacer en El Callao y haber abierto los ojos a la vida a mediados del siglo XX, siendo niño, si es que la memoria le ayuda, se acordará sin duda del Cine Badell y del edificio color amarillo-crema claro, que era su prolongación, el mismo que unía las calles de Castilla y Sucre. A un lado estaban Castilla, la Plazuela del Óvalo y la Calle Lima; al otro, las casas correspondientes a esa cuadra de la Calle Sucre, en una de las cuales funcionaba la Ferretería Picasso, cuyo hijo fue compañero de estudios mío en el Colegio Italiano. Hacia atrás, alzábase el edificio principal de la Cervecería y, cruzando la Calle Castilla, los depósitos de la misma empresa. En sentido contrario, yéndonos hacia Lima, no bien salvada la Plaza del Óvalo, teníamos y tenemos el mercado de abastos, con la misma presencia y figura que conserva hasta hoy, y que ojalá siga guardando por los siglos de los siglos.
Cine Badell antes del Terremoto de 1940 - Archivo Humberto Currarino-Callao




Damnificados del terremoto de 1940 en la Plazuela Casanave
- Archivo Humberto Currarino-Callao -
Cine Badell década de los 60
Justo en la cuña de las dos callecitas – Castilla y Sucre –, la pica de los obreros echó abajo la parte donde poco después se erigió la cafetería que encabeza el título de esta narración. ¿Que cuándo exactamente tuvo lugar el suceso?, dejémosle el trabajo a los historiadores para que escrupulosa y rigurosamente, apoyándose en documentos, ficheros, registros y archivos, determinen el año preciso de su fundación, que, grosso modo, para nosotros acaeció por el cambio del decenio de los cincuenta para los sesenta.
Vista del Pingüino desde la Plazuela Casanave 1960
Archivo Humberto Currarino-Callao
Vista del Pingüino desde la Pileta de la Plazuela Casanave 1960
Archivo Humberto Currarino-Callao
Haciendo una pausa en nuestro relato, digamos que ese sector de la ciudad se hallaba saturado, aunque no de manera desagradable, por las emanaciones de la mencionada fábrica cervecera, cuyas exhalaciones difundían por los aires esencias de lúpulo y cebada. Al costado del edifico central de la Cervecería, en la Calle Castilla, aledaña a la base desde donde se disparaba la enorme chimenea, que actualmente, víctima del progreso sufre su orfandad, había un portón en cuyos umbrales en ocasiones veíamos tomando aire a un hombre vestido con ropas polares, que ofrecía la impresión de buzo sin escafandra, especie de vástago de oso ártico fuera de ambiente, lo que nos daba pie para pensar que sus labores debían realizarse en cámaras de muy bajas temperaturas. Pasando el tiempo, las instalaciones de la Cervecería se extendieron hasta llegar a la Calle Sucre, tendiéndose pasarelas aéreas de transporte de botellas. Andando los años, en la parte de vereda de la fachada principal de la Cervecería, ésa que se halla limitada por las calles Lima y Castilla, o sea la que da a Zepita, fue utilizada de paradero inicial hacia una institución chalaquísima, verdadero Vergel de Placer ya histórico, conocida con el ilustre nombre de El Trocadero. La creación y carta patente fundacional de El Pingüino Bailarín y El Trocadero coincidieron más o menos en el tiempo, si bien en puntos geográficos diferentes de nuestro Callao. Regresemos al Pingüino Bailarín.
Vista de la Pilsen desde la cuadra 4 de Sáenz Peña en los 1960
Digo, pues, que el suceso de su fundación ocurrió en el cambio de decenio, hacia principios de los sesenta, constituyendo pronto el punto de reunión de jóvenes y viejos. Era todo un encanto ingresar a un lugar nuevo, decente, aireado, claro, con ventanales por tres de las cuatro direcciones de la rosa náutica. La cuarta, la de la cocina, quedaba hacia la parte del Cine Badell. No recuerdo si ya desde el inicio mismo, pero en todo caso muy pronto, instalose una rocola o tocadiscos que, por la módica suma de 0.50 centavos de sol, a todo volumen tocaba los boleros lacrimosos, compungidos, clásicos o de moda, plagados de afectos y ternuras no correspondidos, sentimientos desdeñados, temas que tanto nos gusta a los chalacos. Espero hasta ahora que la letra de una sola de esas canciones culmine con éxito y dicha para los amantes ... ¿Llegará ese feliz día?
Vista de la Plazuela Casanave en los años 1960
Archivo Humberto Currarino-Callao
La salida de los colegios se verificaba a eso de las 5.00 de la tarde convitiéndose la Calle Lima en hervidero de adolescencia y hasta de nubilidad, pasando a constituirse El Pingüino en fuerza centrípeta que imantaba a muchachos y muchachas con su hechizo magnético. El establecimiento ofrecía delicias para el paladar propias de su cometido, principalmente pastelitos y café. Entre sus delicadezas y sabores había toda una amplia gama de helados, frescos y refrescos, sorbetes, mantecados y bollos, enrollados, alfajores y alajúes. La leche batida -en inglés Milkshake, para hacerla más elegante-, era la locura de las jovencitas. El Pingüino a secas, fue lugar de encuentro, de citas, de conversación, que seguramente será recordado por los chalacos que lo conocieron y lo gozaron.
Av. Sáenz Peña cuadra 5, frente a la Plazuela Casanave en los 1960
El Pingüino Bailarín representó en El Callao adelanto en el campo de servicios al público: sin temor a atracos, saqueos, despojos, violencias ni latrocinios, los parroquianos, ¡tiempos idílicos aquellos!, podían ser atendidos en su mismo vehículo, sin que tuvieran que bajarse ni salir de él, ni que los secuestraran con auto y todo. Recuerdo a uno en especial, que llegaba en automóvil que sin dificultad podía parangonarse con yate millonario de la Costa Azul francesa. Tratábase de un caballero peninsular que había llegado a hacer la América en El Callao. Su dedicación fue la pesca, sobre todo la de anchoveta, que por entonces se había disparado perpendicularmente hacia los santos cielos colocando al Perú en la cúspide de la depredación de la especie, con, a modo de efecto colateral, la posterior desaparición de gaviotas, pelícanos y alcatraces. Según la información que recuerdo, este buen hombre desembarcó en nuestras costas en mangas de chaleco, lo que es tanto como afirmar que lo hizo en bocamangas de tanguita, pero merced a su laboriosidad, frugalidad de vida original encaminada al ahorro, sentido empresarial y otras equivalentes virtudes, muy pronto viose dueño de flota anchovetera, la que dirigía y gobernaba por radio desde su mismo yate anclado al costado de El Pingüino Bailarín que daba a la Calle Castilla. Cuando bajaba del vehículo y con las manos en los bolsillos salvaba los pocos pasos hasta la entrada de la cafetería, de haber sido maestro escolar de alguno de los colegios del Callao cariñosamente los alumnos le habrían puesto la chapa de pirinola, petipan, barrilete, trompito o retaco con panza.
Mi cercanía con El Pingüino Bailarín fue mayor desde que el lunes 13 de mayo de 1963 empecé a trabajar en los depósitos de Enrique Ferreyros y Cía. S.A., almacenes que quedaban en la Avenida Industrial, altura de la cuadra 37 de la Argentina. El ómnibus amarillo de la compañía, con su leyenda frontal de CATERPILLAR pintada en negro, esperaba a obreros y empleados al costado de nuestra brevemente biografiada cafetería.
Entre las gratas y cada vez más lejanas evocaciones de aquella época, viene a mi memoria la figura de una chica que trabajaba de cajera en el establecimiento. Ambos, ella y yo habíamos trabado conocimiento y conversación, razón por la que de vez en cuando, cuando sus ocupaciones en El Pingüino Bailarín se lo permitían y aún no era la hora de la partida de nuestro ómnibus, dedicábamos unos momentos para charla de muchachos. Siempre estaba yo con un libro bajo el brazo. En cierta oportunidad, tenía uno pequeño que versaba sobre el pintor holandés van Gogh, y, como Margarita Jiménez, que así se llamaba la niña pingüineña, lo viera, me lo pidió y dejó registrada una dedicatoria, cálido ofrecimiento que por inexperiencia juvenil dejé pasar entonces, con el consiguiente arrepentimiento y pena posteriores. Aquello fue el 08 de marzo de 1965. ... Aquél que hogaño me preguntara que cómo me acuerdo con tanta puntualidad yo le respondería: porque conservo el libro y la dedicatoria con nombre, firma y fecha.
El día de hoy se cumplen justo 47 años de aquel lance personal con Margarita Jiménez, día también que entonces (1965) celebramos el centésimo trigésimo primer aniversario de la promulgación del decreto que ratificaba la declaración hecha la jornada anterior (07 de marzo 1834) por el Presidente del Perú don José Luis Orbegoso y Moncada Galindo (1795-1847), proclamando a nuestro Primer Puerto de Fiel y Generosa Ciudad del Callao, Asilo de las Leyes y de la Libertad. Por el mismo motivo, hoy, jueves 08 de marzo (2012), en Callao Querido solemnizamos recordándolo en estas líneas de crónica personal el aniversario centésimo septuagésimo octavo de tan señalado episodio de nuestra historia.
Edificio construido sobre lo que fuera el Cine Badell y la Fuente de Soda El Pingüino
No recuerdo ya el aciago año en que llegué al Callao y descubrí con aflicción, infinito dolor y pena, que en lugar del Cine Badell y de El Pingüino Bailarín se erigía el horrible y feísimo edificio, ahora abandonado, que se alza en donde estuvieron estas dos instituciones de esparcimiento, cinematográfica la una -Cine Badell-, de encuentro y relaciones la otra - El Pingüino Bailarín-, para solaz, placer y entretenimiento de los chalacos de tan maravillosos tiempos.
Ricardo E. Mateo Durand
Tartu - Estonia
El Callao - Perú
Jueves 08 de marzo de 2012.

Fuente de imágenes:
Revista J.O.P.
Postales F.P.SEMINARIO-LIMA



 
 
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